Juanra Fernández

Redactor

Quizá la única cosa que nos pertenece realmente, que es nuestra por derecho y de un modo inviolable e inmutable, sea nuestra imaginación. Y dentro de esa posesión única están los sueños. Esos viajes fantásticos que realizamos en la intimidad y que nos ayudan a indagar en los huecos más recónditos de un universo inventado.

En mi caso hay un sueño recurrente en el que me embarco cada vez que necesito huir de este mundo tan real y en ocasiones tan terrible.

Mi viaje onírico lo hago solo, pero esta vez me gustaría compartirlo e incluso hacerlo realidad. Einstein nos habló de las líneas temporales relativas, él decía que el universo no tiene un tiempo absoluto y que varias realidades se desarrollan en paralelo, y Hawking introdujo el modo de movernos entre esas realidades a través de un agujero de gusano. Pero ambos coincidían en que si nos desplazábamos en el tiempo podríamos en uno de esos movimientos matar a nuestro abuelo y de ese modo fulminaríamos nuestra existencia, al impedirle conocer a nuestra abuela y por tanto engendrar a nuestro padre o madre.

No obstante, con el riesgo que conlleva la paradoja del abuelo, mi sueño se podría hacer realidad si dos genios como ellos lo certifican. Y ese sueño sería viajar en el tiempo, y quizá volver cuarenta años atrás, a la entrada del edificio Dakota en Nueva York, un lunes 8 de diciembre de 1980. Podría llegar a tiempo para encontrarme cara a cara con Mark David Chapman. Y así lo voy a imaginar junto a vosotros.

El agujero de gusano me deja justo en medio de la vía principal, en el Central Park West de Manhattan. Esquivo un taxi que casi me embiste mientras me insulta y acompaña los improperios de golpes de claxon. Descubro el imponente edificio a mi izquierda, aunque ya es de noche, las luces de las farolas y la iluminación de las ventanas del rascacielo me permiten identificarlo.

Me dirijo hacia la acera de la calle 72 y allí veo una figura apoyada contra la pared, está fumando tranquilamente, lleva un disco y un libro en la mano que no utiliza para sujetar el cigarrillo. Lo reconozco, lo he visto miles de veces, su cara se me quedó grabada desde pequeño y es difícil no reconocerlo a pesar de la oscuridad, es el asesino… bueno, todavía no. Y nunca lo será si intercedo a tiempo.

Decidido, me encamino hacia él, he viajado cuarenta años y estoy agotado, necesito resolverlo lo antes posible y regresar. Me planto delante y con decisión le propino un fuerte bofetón en la cara, en ese momento no se me ocurre una agresión más violenta, solo una bofetada inocente. Chapman me mira sorprendido, le he torcido las gafas con el impacto, pero no lo he movido ni un milímetro de su posición. Acto seguido me devuelve el golpe con más fuerza a través de un rotundo y seco puñetazo, me vuelca sobre el asfalto y sigue agrediéndome con patadas en el vientre. De repente, el agujero de gusano me retorna a mi cama, a la actualidad, con un fuerte dolor de tripa y con las narices rotas.

Vaya mierda de incursión en el pasado que he hecho, no obstante, me levanto y enciendo el ordenador para comprobar si mi viaje ha causado algún efecto en el devenir de los acontecimientos. Busco en Google y descubro que Lennon sigue muerto, murió aquel día.

Pero si sigo soñando, ese fracaso no me frenará, decidido me arriesgaré a planificar un segundo viaje, esta vez cambiando la estrategia, no puedo enfrentarme a Chapman, es más fuerte que yo. Quizá, en mi próxima fantasía temporal, deba buscar al mismísimo Lennon y evitar que regrese esa noche a casa. Podría convencerle para que me acompañase a cenar, invitarle a copas hasta altas horas de la noche y asegurarme de que su asesino finalmente se cansó de esperar y se marchó renunciando a su plan criminal.

No sé si John aceptaría participar de mi plan, incluso podría acompañarnos Yoko, aunque reconozco que preferiría estar a solas con él, oírle reír, escucharle contar anécdotas de los Beatles y salvarle la vida, sobre todo eso… Aunque en ese sentido vuelve a mi mente la paradoja planteada por Einstein.

Podría ser que si Lennon no muriese brotaran todas las canciones que nunca hemos escuchado. Esos temas que deberían haber copado las listas de éxitos, eclipsando a otras melodías no tan geniales.

Probablemente la Macarena nunca hubiese invadido el mundo o el reggaetón no se habría inventado.

Lennon habría hecho duetos con Madonna o Michael Jackson. Quizá los Beatles se habrían vuelto a juntar… pero también podría tener un lado negativo, ¿y si en 1992 un tema compuesto por Lennon dominase el mainstream y nadie se hubiera fijado en Smells like teen spirit? Nirvana nunca triunfaría. Sin embargo, al mismo tiempo, también sería positivo, Kurt Cobain no habría muerto dos años después. De ese modo lo dos genios envejecerían, aunque uno de ellos retirado y quizá trabajando de gasolinero en Seattle.

Esa es la paradoja del abuelo, de Lennon y de Cobain. Maldito el día que Chapman disparó cinco veces contra la ilusión del mundo, maldito ese día de hace cuarenta años… maldito el tiempo que solo nos deja soñar y no recorrerlo hacia atrás. Maldito el destino invariable…