Juanra Fernández

Redactor

Esta es una historia real dentro de lo posible, aunque imposible de acreditar más allá de la extensión veraz de un rumor.

A lo largo de la Historia, cada cierto tiempo un acontecimiento único sucede, bien por la casualidad o por el posible destino; bien por imposición divina o humana e incluso por el simple devenir de la naturaleza. Unas veces somos conscientes de esos hechos únicos, como los eclipses solares; el paso de un cometa estelar; la devastación de un terremoto o la magia de la Aurora Boreal. Pero otras veces pasan desapercibidos y sólo unos afortunados, los que están en el sitio y el momento oportuno, los pueden disfrutar. Venturosos que han presenciado como se formaba una burbuja gigante antes de la eclosión de un geiser o han admirado las frías nubes de nácar en los casquetes polares.

Lo que voy a relatar es algo más parecido al mítico y extraño destello verde de algunos atardeceres que tantas veces he leído y oído describir pero que nunca he tenido la suerte de presenciar.

Este relato es uno de esos momentos, en el que por azar o por la gracia de algún caprichoso duende o deidad, convergieron en un mismo lugar e instante los dos genios más grandes de su tiempo y quizá de la Historia de la música.

Amanecía en Viena, un amanecer helado y cubierto de nieve. Un hombre de mediana edad, vestido con una levita oscura forrada en su cuello con pelo, avanzaba rápidamente por medio de la calle sin mirar atrás, posición a la zaga que ocupaba un joven que intentaba seguirle manteniendo el equilibrio entre resbalón y resbalón. Los zapatos nuevos que le había comprado su madre para la ocasión, todavía no estaban lo suficientemente gastados para adherirse a ese resbaladizo suelo.

El hombre sin girar la cabeza le apremiaba insistentemente, diciendo que no podían hacer esperar al maestro. El joven, sin replicar le seguía, aunque no podía entender la razón de tanta prisa cuando apenas había despuntado el día.

Llegaron a la entrada del caserón, mientras el muchacho se sacudía los zapatos nuevos con su mano izquierda, la menos útil como le decía siempre su padre, una sirvienta joven, de cabellos dorados y de dulce belleza, abrió la puerta. El muchacho, sorprendido por la visión, se alzó de un respingo quedando erguido y ligeramente ruborizado. Al instante, otra mujer, más bajita y de cabellos oscuros apareció tras el ángel que les había recibido. La recién llegada sonrió y saludó con afecto, primero al hombre y después al joven, a quien se presentó como Constanza. Tras ese preludio cortés, la dama insistió en que Wolferl les estaba esperando.

El muchacho entró en la casa sin poder retirar la mirada de la joven sirvienta y esa contemplación le hizo, casi de forma torpe y accidentada, silbar una melodía. Todos se volvieron hacia él y las dos mujeres, al unísono, rieron, e incluso Constanza apuntó que era una bonita cancioncilla.

Llegaron a la estancia principal y allí, escribiendo apoyado sobre un piano y cubierto con una bata blanca, había un hombrecillo bailoteando con uno de sus pies descalzos un ritmo, al tiempo que trazaba líneas y bosquejaba anotaciones con su pluma sobre los amontonados papeles. El compositor se volvió hacia ellos y sonrío.

Se acercó hacia el hombre mientras repetía su apellido: “Haydn, Haydn… ¿a quién me has traído?”

El joven dio un paso adelante y, adelantándose a la presentación formal, añadió: “Es un honor estar ante usted”. A lo que el compositor replicó: “No me gustan los aduladores”. Y el joven, sin amedrentarse, sentenció: “Nunca he adulado a nadie y vos sois la única persona que admiro”.

Haydn, avergonzado, intentó justificar al muchacho, pero el anfitrión le ignoró e insistió en su interrogatorio al desconocido joven preguntándole la edad, a lo que él respondió con rapidez, aclarando que en pocos días dejaría de tener dieciséis.

El señor de la casa se le acercó y sentenció: “A tu edad yo había compuesto casi una docena de óperas”. Y el muchacho, sin parpadear, rebatió: “La ópera es aburrida”. Los espectadores del duelo verbal callaron, esperando la reacción ante la ofensa por la desfachatez del joven, pero el maestro, en lugar de enfadarse, arrancó en una risotada que concluyó para preguntar el nombre del insolente muchacho. Haydn se adelantó exclamando: “Van Beethoven, de Bonn”. El anfitrión extendió la mano al muchacho y apuntó: “Yo soy Mozart, sin van…”. Y el joven sonriendo aclaró: “Ludwig”.

Mozart se dirigió entonces a su sirvienta y le requirió: “Elisa, por favor, prepara un suculento desayuno para mi amigo Haydn mientras yo me encierro con el joven Van…”.

Ludwig volvió a mirar a la sirvienta, Elisa, mientras salía de la estancia seguida de Constanza y Haydn, al tiempo que grababa su nombre en la memoria como sinónimo de la belleza.

Lo que pasó en aquella sala durante las cuatro horas que permanecieron encerrados los dos genios, es algo que se desconoce y que ambos se llevaron a la tumba.

El mismo destino caprichoso que los unió también impidió que se volvieran a ver, siendo ésta la única vez que estuvieron juntos. Aunque es bien sabido por todos el respeto y admiración mutua que se profesaron.

Mozart y Beethoven, Beethoven y Mozart… nombres propios de la genialidad.