DISCO DEL MES DE FEBRERO DE 2026

Autoproducido

Nacho Vegas lleva años escribiendo desde un lugar incómodo: un punto intermedio entre la ternura y la rabia, entre la derrota asumida y la necesidad de no rendirse del todo. Vidas semipreciosas no es una excepción, sino una depuración de esa mirada. Aquí no hay voluntad de ruptura ni de reinvención forzada, sino una forma más afinada —y quizá más serena— de decir lo mismo: que vivir consiste en resistir con dignidad en medio de la intemperie.

El propio concepto que articula el disco funciona como una clave de lectura fundamental. Las piedras semipreciosas, esas gemas impuras, abundantes, irregulares y ajenas al lujo, sirven como metáfora de vidas alejadas del brillo oficial. Vegas canta a lo que no encaja en los relatos de éxito, a existencias atravesadas por la contradicción, el cansancio, la conciencia política y los afectos frágiles. No hay aquí épica ni redención, pero sí una belleza obstinada que se abre paso entre grietas.

Fernando Tello

Fernando Tello

Redactor & Photo

Las canciones de Vidas semipreciosas se sostienen, ante todo, en la palabra. Nacho Vegas vuelve a demostrar que su mayor virtud es la capacidad para convertir ideas complejas —el paso del tiempo, la culpa, la militancia, el amor, la derrota— en imágenes precisas y memorables. Alivio, que abre el disco, funciona como una declaración de principios: el placer no como conquista, sino como pausa, como breve suspensión del dolor. Esa idea atraviesa buena parte del álbum, donde la felicidad aparece siempre como algo provisional, casi sospechoso.

En Mi pequeña bestia, una de las piezas más luminosas del conjunto, Vegas reflexiona sobre el propio acto de escribir canciones. La bestia es la canción, pero también el deseo, la necesidad de decir, la pulsión creativa que no siempre conduce a lugares cómodos. Es una letra que oscila entre la duda y el asombro, entre la fragilidad y una forma muy concreta de esperanza: la de seguir cantando incluso cuando no se tienen respuestas claras.

Los interludios hablados refuerzan esa dimensión coral del disco. Lejos de ser simples transiciones, actúan como anclajes a realidades específicas, a luchas y conflictos contemporáneos. Son momentos que rompen la lógica de la canción para recordar que lo que se canta tiene consecuencias fuera del disco, en la vida real.

Musicalmente, Vidas semipreciosas apuesta por la contención y la claridad. Los arreglos acompañan a las letras sin imponerse, creando un espacio donde la voz de Vegas —cada vez más sobria, más consciente de sus límites— puede sostener el peso del relato. La banda actúa como un cuerpo compacto, al servicio de unas canciones que piden atención y escucha prolongada.

En conjunto, Vidas semipreciosas es un disco que no busca deslumbrar ni convencer a la primera. Es un trabajo que se despliega con el tiempo, que gana profundidad en escuchas sucesivas y que encuentra su fuerza en aquello que no subraya. En un contexto dominado por la urgencia y el impacto inmediato, Nacho Vegas vuelve a apostar por la canción como espacio de reflexión, cuidado y resistencia.

No es un disco precioso. Y precisamente por eso importa tanto.

Piedras semipreciosas condensa de manera ejemplar el espíritu del disco. En ella aparece con nitidez esa conciencia de haber querido ser “precioso” —brillante, excepcional— y haberse quedado a medio camino. Pero lejos de presentarlo como fracaso, la canción lo reivindica como elección: mejor lo semiprecioso que la pureza impostada. Hay en esta letra una aceptación madura del desgaste, del paso del tiempo y de las expectativas incumplidas, sin caer nunca en el cinismo.

El compromiso político, inseparable de la obra de Nacho Vegas, se manifiesta aquí sin estridencias, integrado en el relato vital de las canciones. Fíu es un ejemplo especialmente significativo: un homenaje a la figura materna que se convierte, al mismo tiempo, en un canto antifascista y de memoria familiar. La política aparece como herencia, como aprendizaje afectivo, no como consigna.

Ese mismo tono atraviesa canciones como Tiempos de lobos o Seis pardales, donde la violencia estructural, la represión y la injusticia se narran desde lo concreto, desde cuerpos y nombres propios. Vegas evita el panfleto y opta por una escritura que apela a la empatía y a la memoria, situando al oyente en un lugar incómodo: el de quien no puede mirar hacia otro lado.

Las letras dialogan constantemente con distintas lenguas y tradiciones. El uso del asturiano no responde a una reivindicación folclórica, sino a una necesidad expresiva y política. Cantar en la lengua propia es aquí un gesto de resistencia, una forma de situarse frente al mundo desde un lugar concreto. Del mismo modo, las referencias al folclore, a la canción popular o a otras tradiciones musicales no funcionan como citas, sino como capas que enriquecen el relato.