Paco Ruíz

Paco Ruíz

Redactor

El 2020 ha sido un año variopinto, como poco. Eso no le ha impedido a Derek Cianfrance (Blue Valentine) deleitarnos con el regusto gélido y nostálgico con el que firma su agridulce filmografía. Primero, enderezando a esa inagotable ración doble de Mark Ruffalo servida en la excepcional miniserie, I Know This Much Is True, emitida en HBO. Segundo, con el apoyo narrativo y la producción ejecutiva ejercida en una de esas pequeñas joyas ocultas en el catálogo de Amazon Originals: Sound of Metal (Darius Marder, 2019).

Cianfrance se desfigura en el sollozo de emociones que viste con imágenes el cineasta Darius Marder, co-guionista de The Place Beyond The Pines, para explayarse en la vida de Ruben Stone (Riz Ahmed), un joven batería de una banda de heavy-metal, cuyo futuro profesional y sentimental con su novia Lou (Olivia Cooke) oye peligrar en el momento que comienza a perder la audición. Desde el póster hasta la premisa, podemos establecer un imaginario que, a ojos ajenos, pueda sonar a una réplica o reinvención innecesaria de Whiplash (Damien Chazelle, 2014). Las similitudes acaban donde empiezan, en una batería.

Sound of Metal suena a un Riz Ahmed entregado y dando tantos saltos al vacío como la película le pida. Su interpretación roza la nominación al Oscar. Es por ello que hay expectativas en visionar su nueva incursión independiente y musical en Mogul Mowgli (Bassam Tariq, 2020), protagonizada y co-escrita por el mismísimo Ahmed. Olivia Cooke es otra que deslumbra, con el mayor de los pesares al ser víctima de un personaje ahogado en una necesaria elipsis. Pero sobre todo suena a verdad. A la subtitulada puesta en escena que descifra los entresijos de una persona que, en definitiva, se encuentra obligada a convivir consigo misma, a oírse y descifrarse; quizá, uno de los mayores conflictos del ser humano. Y todo, contado en 130 minutos.

Podéis encontrar Sound Of Metal en Amazon Prime Video.

A bombo y platillo, Marder recrea la vibración atmosférica, palpable gracias a su inapelable decisión de rodar las actuaciones en una sola toma y en 35mm, trasladándonos a la enérgica suciedad de un concierto en vivo. Los tímpanos retumban, pero el tiempo suficiente. El interés de Marder subyace en la necesidad de construir una edición sonora (point of hearing, como él mismo denomina, en contraposición al habitual point of view) que abarque e interrelacione la música, con la sordera y la adicción. Mediante este artefacto, evoca el realismo de una comunidad sorda con la que el espectador medio estará escasamente familiarizado. Así no sorprende que el metraje despiece tropos, rebosante de respeto y compromiso hacia la misma.