Madrid, 13 de noviembre de 2025. Sala But
En los tiempos que corren, lograr vivir de la música con una propuesta personal, compleja y alejada de los circuitos comerciales es todo un mérito. Iker García, Ángel Cáceres y Pablo Levin, de Gilipojazz, están viviendo un sueño que se han ganado con esfuerzo y dedicación.
El pasado jueves 13 se cumplía casi el aniversario del lanzamiento del segundo disco de este joven trío madrileño, Progresa Adecuadamente. Para celebrarlo, Gilipojazz consiguieron un sold out en la Sala But, una de las más grandes de la capital con cerca de mil personas de aforo. En una era en la que un buen porcentaje de la población consume música como comida rápida, el talento todavía encuentra su público. La variopinta propuesta de Gilipojazz, además, atrae por igual a jóvenes que a adultos, a hombres y a mujeres, demostrando que la calidad trasciende las modas.
Celia Martín
Redactora
Paula Bayo
Photo
Iker, Ángel y Pablo se conocieron estudiando jazz y comenzaron este proyecto hace unos pocos años. En 2022 autoprodujeron su primer disco, ¿Dónde está el jazz?, que les situó en el panorama musical como una propuesta insólita y prometedora. Combinando el virtuosismo en sus respectivos instrumentos (batería, bajo y guitarra, el clásico power trio), Gilipojazz ha creado su propio estilo, inclasificable y con tantos referentes que, quizá precisamente por eso, conecta con todo tipo de personas. La crítica musical menciona punk, metal, funk, rock progresivo, e incluso música clásica. Y si, como ellos mismos, te estás preguntando dónde está el jazz… seguramente también podamos encontrarlo.
A pesar de que Gilipojazz lograron llamar la atención con su debut, ha sido con este segundo disco, Progresa Adecuadamente, con el que realmente han dado el salto que ahora les permite vivir de su proyecto. Muchos oyentes se habrán sentido atraídos primero por el nombre de la banda y después por la peculiaridad de su estilo, pero me atrevería a decir que es su propuesta en directo lo que construye una audiencia fiel. Y es esto lo que venimos a contar: los conciertos de Gilipojazz son divertidísimos.
El trío ha orquestado un espectáculo que va mucho más allá de interpretar su música, transformándolo en una suerte de show cómico donde cada canción es susceptible de convertirse en número teatral. Ángel Cáceres, al bajo, lleva la voz cantante en intervenciones breves y medidas que provocan auténticas carcajadas. Iker y Pablo le siguen el rollo, desplegando un abanico de muecas caricaturescas con las que consiguen que su música instrumental comunique más que cualquier poema.
El concierto pasa volando. El virtuosismo de los jóvenes no termina en su instrumento, sino que en un tramo del setlist Ángel se pasó a la guitarra acústica y Pablo (batería) al bajo, para tocar canciones más relajadas. Por supuesto, Ángel también nos deleitó con sus ya famosos silbidos. Este momento íntimo logró mantener a la audiencia en completo silencio, aunque, lejos de ser serio, siguió formando parte de la comedia. En medio de la última canción, Ángel y Pablo dejaron los instrumentos prestados y volvieron corriendo a su posición habitual.
La velada en la Sala But era especial, además, porque el trío se amplió con una sección de viento metal: trompeta, trombón y saxofón interpretados por tres chicos igualmente jóvenes e igualmente virtuosos. Apenas participaron en un puñado de canciones, y su entrada y salida del escenario venía anunciada por una voz en off circense. Tocaron pocas notas, las justas y necesarias, y seguramente lo más complicado no fue afinarlas, sino navegar entre los infinitos cambios de tempo y compás de Gilipojazz para entrar en el momento preciso.
Esta sección de vientos le hace mucho bien al trío, añade nuevos colores a la base hard rockera de la banda y remite a las big bands de rock de los años 70 y a los momentos más experimentales de grupos como Gentle Giant o Soft Machine. Pero, sin duda, el número cómico más destacado de la noche fue el del teclado.
Los chicos dejaron un teclado Casio de doscientos euros en el suelo, en el centro del escenario, desde el principio de la actuación. Una baratija, un teclado de juguete que nadie sabía muy bien qué hacía ahí. Hacia la mitad del concierto, Ángel se “tropezó” con él y pidió ayuda a Pablo para levantarlo, uno de cada lado, como si pesase varios kilos. Iker ayudó colocando el soporte y los tres músicos se agruparon alrededor del instrumento como si se tratara de un animal exótico. Iker comenzó a interpretar un acompañamiento tonto, infantil y bailable en las octavas inferiores, mientras Ángel y Pablo se peleaban, literalmente, por pulsar las teclas restantes. Una batalla hilarante digna de Tricicle, de la que surgían melodías bien pensadas, marca de la casa de Gilipojazz. Se tiraron con la tontería más de diez minutos, pero no creo que nadie se hubiera quejado si el número hubiese durado más.
Al final, de tanta broma se quedaron cortos de tiempo, y el concierto tuvo que resolverse a todo correr, sacrificando intervenciones cómicas y quizás alguna canción. No quisieron buscarse problemas con la Sala But, pero el público se quedó con ganas de más.
Justo después del concierto, Gilipojazz han publicado un EP en directo desde el festival de jazz de Montreux, donde tocaron este verano. Esta semana se encuentran en México, expandiendo las fronteras de una gira internacional que aún tiene para rato. El año 2026 arrancará con fechas en más de una docena de ciudades españolas, donde, con seguridad, seguirán haciendo reír a multitudes cada vez mayores. Les deseamos toda la suerte del mundo.