La 1ª declinación latina en Encarni Encarnae según Ladilla Rusa

A diferencia de lo que la mayoría de ciudadanos de a pie piensa, el latín no es una lengua muerta. Como tampoco lo es el griego de la antigüedad clásica. El primero pervive como sustrato de todas las lenguas romances en que evolucionó y se diversificó: el castellano entre otras muchas, como también el francés, el portugués, el italiano, el rumano, el gallego o el catalán. El segundo está en la base de innumerables vocablos que utilizamos a diario sin ser conscientes siquiera de su procedencia. Términos científicos, médicos, humanísticos o relacionados con otros campos del saber le deben su procedencia. Un mayor conocimiento de ambos permite tanto un enriquecimiento del caudal léxico como la comprensión de nuevas palabras que no son de uso diario. Adentrarnos en ellos nos permite dominar el lenguaje culto, sin menoscabo de emplear, según el contexto, este u otros niveles y registros de nuestro idioma como puedan ser el vulgar, el coloquial o el estándar, con el que solemos comunicarnos los humanos en la mayoría de las ocasiones. También pueden sernos útiles para el aprendizaje de otras lenguas y depararnos alguna que otra sorpresa.

Fernando Molero

Fernando Molero

Redactor

Antes de jubilarme como docente después de treinta y cinco años dedicado a la enseñanza, cuando impartía la asignatura de Latín al alumnado de 4º de ESO, el primer día de clase, tras las correspondientes presentaciones, le pedía que escuchara con atención la canción de Ladilla Rusa Encarni Encarnae, incluida en su primer álbum titulado Estado del malestar (2018). Para mi sorpresa, ninguno de mis alumnos o alumnas conocía ni el tema ni el nombre del dúo formado por Tania Lozano Fernández y Víctor Javier Fernández Clares. Ellos eran más de reggaetón, de ritmos urbanos como el rap, el trap o el hip hop, y del pop masivo representado por estrellas como Taylor Swift o Aitana, por ejemplo. Aunque también había siempre alguna rara avis a quien le gustaba el rock más clásico o duro de bandas tan dispares como Queen, AC/DC, Metallica, Guns N’Roses, The Cure o Héroes del Silencio, además de los clásicos españoles de los años 80 por influencia de padres o abuelos.

Utilizar una canción tan divertida como Encarni Encarnae me parecía una idea maravillosa para introducir una materia optativa totalmente desconocida para un alumnado que, por regla general, la elegía por descarte o huyendo de otras que se le antojaba más complicadas de aprobar. El objetivo principal era no martirizarlos solo con la aridez de la lengua pura y dura, sino tratar de hacerles ver su belleza, de descubrirles su importancia, la deuda que el castellano tiene con ella, y, de paso, bucear por todo aquello que le debemos al Imperio Romano, desde los dioses (copiados de los griegos, es cierto) hasta infraestructuras básicas o la misma configuración de las casas que algunos habitamos todavía.

Pero vayamos al asunto que nos ocupa: el tema de Ladilla Rusa.

Comienza la canción con una especie de chiste sobre el que se va a ir configurando esa tal Encarni llamada a convertirse en la protagonista absoluta de todos y cada uno de los versos.

            – Encarni, ¿puedo invitarte a una copa?

            – Copa, copae, copa, copae.

            – Espera, pero tía, ¿qué haces?

            – Pues declinar tu invitación, tío.

Para entenderlo es preciso apuntalar unas mínimas cuestiones teóricas que ayuden a su interpretación.

El latín es una lengua muy flexiva cuyos cambios formales sirven para reconocer el género y número de sustantivos y adjetivos, su papel sintáctico en la oración y también las personas del verbo y sus correspondientes tiempos. El latín tiene seis casos: nominativo, vocativo, acusativo, genitivo, dativo y ablativo. Cada uno de ellos se asocia a funciones sintácticas en castellano: sujeto, vocativo, complemento directo, complemento del nombre, complemento indirecto y complemento circunstancial. No es de extrañar que con tantas variaciones se haya huido de su estudio como de la peste en las últimas décadas del pasado siglo y en lo que va de este.

Las palabras pertenecientes a las distintas declinaciones latinas –que son cinco– se reconocen por su enunciado. Para ello se nombra el nominativo y genitivo del singular de dicha palabra. Sabemos que nautanautae es de la 1ª declinación porque el nominativo termina en -a y el genitivo en -ae. Si fuera de la segunda declinación (que se complica un poco), lo harían en -us/i, en -er/i o en -um/i para los sustantivos neutros, por ejemplo.

Así pues, la palabra copa-copae de la introducción al tema Encarni Encarnae, en el caso de que dicho término existiera en latín, es de la 1ª declinación. En un ejercicio de desglose completo sería:

Singular Plural
Nominativo Copa Copae
Vocativo Copa Copae
Acusativo Copam Copas
Genitivo Copae Coparum
Dativo Copae Copis
Ablativo Copa Copis

 Hechas las pertinentes aclaraciones, la primera estrofa, que actúa como estribillo, juega con la correcta enunciación de la palabra latina rosa-rosae (la primera que se aprende en las aulas) entremezclada con una variante inventada que no se corresponde con ninguna de las cinco declinaciones latinas: Encarni-Encarnae. Y es que no existe ninguna de ellas que haga el nominativo en -i y el genitivo en -ae.

Perdonada esta pequeña distorsión, que no tiene otra motivación que refrendar de manera reiterada el título del tema (también podría haberse llamado Encarna Encarnae la canción), las dos siguientes estrofas actúan como moduladores descriptivos del personaje. En una de ellas los letristas recurren al verbo «ser», mientras que en la otra hacen lo propio con «estar». Aunque pudiera parecer que ambos son casi lo mismo, existen considerables diferencias entre ellos. La principal de todas quizá sea que el primero se emplea para aludir a características permanentes que apelan a la esencia de las cosas y los seres, mientras que el segundo, por el contrario, se usa para determinar estados temporales, condiciones o acciones en progreso. En resumen, «ser» define qué es algo, y «estar» cómo o dónde se encuentra ese algo.

Además, en el caso del «ser», el verbo sirve igualmente de enlace o conexión entre un término real y otro imaginario, dando lugar a esa típica estructura metafórica de R es I. Así, la tal Encarni (todo un personaje según los Ladilla Rusa) «es un bulldog francés» y «es un dolor de pies», «nacida en el Vallés» y mucho «de rechazar Rosés», de lo que se deduce que es una mujer de armas tomar.

En el del «estar», la dama, señora o criatura que responde al nombre de Encarni «está siempre muy bufá», apenas se mueve del salón de su casa porque «está postrada en el sofá», entregada a la ataraxia provocada, digamos, por la marihuana porque «está siempre muy fumá», y a los más sencillos placeres de la vida cotidiana como la ingesta de alimentos porque «está comiendo pollo a l’ast». Todo un dechado de virtudes.

La composición de ambas estrofas se remata con la utilización de cuatro versos largos que oscilan entre las 12 y las 14 sílabas con rima consonante, como si de una medieval cuaderna vía propia del Mester de Clerecía español se tratara: francés/Vallés/pies/Rosés, por un lado, y bufá/sofá/fumá/ast por otro.

El conjunto, dada su continua repetición de palabras, estructuras sintácticas y figuras retóricas como la anáfora y el paralelismo provoca que el tema sea machaconamente pegadizo, que uno acabe tomándole cariño a esa mujer de la que aparentemente poco se podría esperar, si acaso un exabrupto en el momento más inesperado.

Si encima se la asocia con huracanes como el Katrina, uno de los más mortíferos de la historia de los Estados Unidos de América, que provocó numerosas víctimas mortales y cuantiosos daños económicos en 2005, y al Mitch, un ciclón tropical que asoló América Central en 1998, podemos trazarnos un perfil más o menos claro de cómo es en su conjunto esta Encarni Encarnae a la que cantan los de Moncada y Reixach con sus influencias del electropop más juguetón y de la rumba catalana.

Una fuerza de la naturaleza que arrasa con todo lo que se le pone por delante. Molosa, de talla pequeña, pelo corto, musculosa, robusta, de cabeza cuadrada como corresponde a esa raza de perro conocida como bulldog francés. Malhumorada, que resopla con ira y furor. Vaga de estar tirada en el sofá sin hacer nada de provecho. Dedicada a la vida contemplativa y a la inmersión en los paraísos artificiales a los que pueden llevar drogas como el hachís o la marihuana. Y devoradora de ese plato tan típico de Barcelona que es el pollo a l’ast, es decir, un pollo asado a la brasa o a la rotisserie. Este es el dibujo nada halagüeño que los Ladilla Rusa hacen de Encarni. Aunque como lo hacen con mucho humor, se deja entrever el cariño que sienten por un personaje (real o ficticio, eso poco importa) elevado a la categoría de entrañable a pesar de sus muchos defectos.

La gracia, el ingenio, la chispa y la ironía son, qué duda cabe, marcas de fábrica de Tania Lozano y Víctor Javier Fernández, que han sustraído las cuatro primeras letras de una palabra que forma parte indisoluble de un sintagma con el que se conoce a una comida muy popular: la ensaladilla rusa, para componer otro distinto que remite al anterior y lo transforma en una curiosa mezcla de insecto parásito que habita por regla general en la zona genital humana (Pthirus pubis), dándose un banquete de sangre mientras provoca un molesto prurito en las partes íntimas, pero de origen eslavo gracias al adjetivo que lo acompaña.

Ladilla (Pthirus pubis)

Ensaladilla rusa

Diversión garantizada, felicidad plena y humor a raudales no solo en esta particular utilización del latín para la creación de una canción como Encarni Encarnae, sino también en temas como Princesas, Estado del malestar, Macauly Culkin, Criando Malvas, Chucherías Mari, Macarrones pop o esos himnos inigualables que son KITT y los coches del pasado, A un metro y medio de ti, Todos los días lo mismo o After Party.

Parafraseando a Cicerón y el comienzo de sus famosas Catilinarias que nos obligaban a traducir en el instituto en aquellos lejanísimos ya años 80 del siglo XX, los Ladilla Rusa podrían haber incluido en su canción una particular mutación de la frase de abertura del libro: «Quosque tandem abutere, Encarni, patienta nostra? [1]».

Con ladillas así da gusto, porque permiten aprender muchas cosas con ellas, porque hacen crítica social con una sonrisa y una pizca de mala uva y porque invitan a pasarlo bien y a bailar desprejuiciadamente.

Ya sabemos lo que dice el dicho: ladillas con gusto no pican. Aunque sea la sarna la que pica con agrado.

[1] La frase original es Quosque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?, que se podría traducir como ¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?, perteneciente al primer discurso que Cicerón pronunció en el Senado romano para denunciar la conspiración de Lucio Sergio Catilina contra la República en el año 63 a.C..