DISCO DEL MES DE MARZO DE 2026
Candorro
Hay discos que no buscan gustar, sino quedarse. Testamento, el segundo álbum de El Diablo de Shanghai, es uno de ellos. Un trabajo que se aleja deliberadamente de cualquier tentación de inmediatez para construir algo más duradero: un discurso generacional que no grita, pero que cala. Que no se impone, pero permanece.
El disco recoge once canciones que funcionan como piezas de un mismo relato . Ya desde su arranque, con Tenía que valer la puta pena, la banda marca territorio: esto no va de adornos, va de intención. Un inicio casi fragmentario, breve, que actúa como antesala de un álbum que se mueve entre lo urgente y lo reflexivo.
Fernando Tello
Redactor & Photo
Ese equilibrio aparece de forma inmediata en On/Off, uno de los temas más directos del disco. Apenas minuto y medio que condensa la esencia del nuevo sonido del grupo: guitarras incisivas, ritmo compacto y una idea clara, casi consigna, que conecta con esa necesidad de reiniciarse constantemente en tiempos de incertidumbre . Es, en muchos sentidos, la puerta de entrada perfecta al universo de Testamento.
A partir de ahí, el disco crece en ambición. Todo y Más y Editorial amplían el foco, construyendo atmósferas más densas donde la banda demuestra un control mucho mayor del espacio sonoro. En Editorial, especialmente, se percibe esa mirada crítica hacia el contexto social y cultural, con letras que ya no se limitan a lo inmediato, sino que buscan una lectura más amplia, más incómoda, más necesaria .
Pero si hay un punto de inflexión claro en este segundo trabajo es el papel de Trias. Su spoken word se convierte aquí en el verdadero eje del disco. En cortes como Sistema Unitario o Dinero, su voz abandona cualquier atisbo de urgencia juvenil para instalarse en un terreno mucho más trascendental. No recita: interpela. No describe: cuestiona. Y en ese cambio, el disco gana profundidad.
Pisa Fuerte, uno de los adelantos, actúa como uno de los momentos más expansivos del álbum. Aquí la banda despliega toda su energía, pero lo hace desde un control mucho más consciente. Ya no hay desbordamiento: hay dirección. Y eso marca la diferencia respecto a su debut. La evolución no es solo sonora, es conceptual.
En la parte central del disco, temas como Abulia o Carrera de Vainas refuerzan esa sensación de hastío generacional que atraviesa todo el álbum. No es casual: la propia banda ha definido este trabajo como un intento de “emanciparse de las trampas de la juventud”, abordando cuestiones como el trabajo, las relaciones o la vida moderna desde una perspectiva más cruda y menos idealizada . Y ahí es donde Testamento conecta de verdad.
El tramo final es, probablemente, donde el disco alcanza su mayor altura. Testamento, la canción que da nombre al álbum, funciona como núcleo conceptual: una especie de declaración, de cierre de etapa y apertura de otra. Y todo desemboca en Tierra Trágame, un cierre de casi nueve minutos que resume a la perfección el viaje: intensidad contenida, desarrollo progresivo y una sensación de catarsis que no necesita explosión para resultar devastadora.
Musicalmente, El Diablo de Shanghai afina aquí su propuesta hasta un punto en el que ya no hay dudas. Siguen siendo una banda difícil de encasillar, pero ahora suenan más definidos, más sólidos, más conscientes de lo que quieren ser. La producción —a cargo de Sergio Maschetzko— aporta cohesión sin restar personalidad, algo clave en un disco que vive tanto del detalle como del conjunto.
Testamento es un disco fresco, sí, pero también profundamente serio. Diferente, pero sin necesidad de impostar nada. Generacional, pero sin caer en el cliché. Habla de lo que muchos sienten, pero pocos saben articular: esa mezcla de frustración, lucidez y necesidad de sentido que define a toda una época.
Y ahí está su mayor logro.
Porque si el debut de 2023 era una promesa —brillante, pero aún en construcción—, Testamento es ya una certeza. Un disco que no solo confirma a El Diablo de Shanghai como una de las propuestas más interesantes del panorama nacional, sino que los coloca en ese territorio donde empiezan a marcar el paso.
No es solo un paso adelante.
Es el momento en el que la banda deja de buscar su sitio para empezar a ocuparlo.