Lenguaje metafórico y explícito en Da Me de Bad Gyal

Durante siglos, desde las creaciones pictóricas y escultóricas de la Antigüedad hasta nuestros días, el arte ha legitimado ciertas formas de mostrar el cuerpo mientras, por el contrario, ha condenado otras. Las primeras son aquellas que suelen estar ungidas por un halo de pudor estético, de juego simbólico o de sugerencia. Las segundas son las que se atreven a enfrentarse a lo real de manera directa, ofreciendo al espectador la imagen más nítida de lo íntimo, siendo tildadas por ello de vulgares y consideradas productos de consumo que apelan a los más bajos instintos humanos. O lo que es lo mismo, a unas se las llama manifestaciones eróticas y artísticas y a las otras se las despacha pura y simplemente como pornografía. Sin embargo, los límites entre erotismo y pornografía son demasiado inestables como para poder señalar diferencias precisas.

Fernando Molero

Fernando Molero

Redactor

En la música urbana sobre todo, las letras invocan sin recato a la desnudez y al sexo duro, hasta convertirse casi en una cuestión monotemática, reforzada además por las imágenes de videoclips que muestran cuerpos en posturas y movimientos más que insinuantes. Y no son ya solo ellos quienes se vanaglorian de sus éxitos amatorios y de su capacidad para atesorar amantes como quien colecciona cromos. También las mujeres, empoderadas, toman las riendas y el control de su propia sexualidad utilizando al hombre a su antojo, para sus caprichos o para copular, como debe ser, en igualdad de condiciones.

Una de estas cantantes que aúnan en sus temas el lenguaje explícito y la provocación corporal es la joven catalana Alba Farelo i Solé, conocida artísticamente como Bad Gyal. Cualquiera de sus canciones valdría para ilustrar un capítulo sobre la capacidad de ir directo al grano en lo que a asuntos sexuales se refiere. Hemos elegido Da Me, publicada el 6 de junio de 2025 por Universal Music Latino e Interscope Record, como podríamos haber seleccionado otra.

Los primeros sonidos vocales que se escuchan son un yeah seguido del nombre de la cantante, algo bastante recurrente en este tipo de música.

Y sin más preámbulo, nos toma del oído y nos mete de lleno en el corazón de un acto sexual potente en el que se juega a calzón quitado con los pronombres «yo» y «él», con las metáforas y hasta con un poquito de pícaro humor. Resulta fácil visualizar la escena que se nos describe, como si hubiéramos de pensar en dos animales en celo a quienes les importa bien poco lo que digan, piensen, vean o imaginen los espectadores, los oyentes. Él usa un arma, pero no una pistola cualquiera, aunque sí podría decirse que es de ese fuego que provoca la pasión con su gran calibre. Y ella es poseedora de una estrecha y oscura mazmorra donde él debe introducirla. Poco importa que le cambie el género al pronombre: «Mételo preso en esta prisión», ni que no aclare a qué tipo de calabozo debe dirigirse, si al de delante o al de atrás, pues ella aguanta sin problema la presión.

No es la suya una escena romántica de besos y caricias, o al menos los preludios amorosos han quedado elididos de la canción para sumergirnos de lleno en la acción pura y dura, en los cambios de posición, en los movimientos violentos que culminan con una explosión de fuegos artificiales y con una propuesta no exenta de audacia, provocación y un puntito de humor: «Vamo’ a otro que el primero no cuenta».

Así termina la primera estrofa.

En la segunda se produce una mayor cercanía entre la voz narradora, es decir, entre el «yo» y ese «él» que ha pasado a convertirse en un «tú». Insiste en el recurso metafórico para retrotraernos a un momento anterior donde el amante, antes de entrar en esa prisión anunciada anteriormente, ha tenido que quitar «el seguro a la puerta». Por esa razón ya le entra y ella tan contenta porque encima él conoce los resortes del sexo y le gusta experimentar cosas nuevas: «Y a mí me gusta lo que inventa». Aunque cae, tal vez sin quererlo (se le disculpa el lapsus), en una pincelada machista al llamar al tigre de sus desvelos «propietario», dejando claro que lo suyo es para él y que «cualquier tíguere no entra». Como una auténtica caribeña, recurre al coloquialismo dominicano con ese término que hace referencia a un hombre audaz, que conoce el lenguaje de la calle y que está experimentado en las lides del amor.

Sin tregua, se llega a un estribillo en el que se cantan tantos las bondades amatorias del partenaire masculino como la dimensión de su miembro, con especial insistencia en que debe entrar una y otra vez: «El baby que tengo / en el sexo es especialista. / Me lo entra, lo siento. / Pa’ ese tamaño estoy lista. / Da, da, da ,da. / Da-dame al ritmo de la pista. / Da, da, da, da. / Da-dame al ritmo de la pista».

A continuación, los símbolos fálicos se entreveran con acciones más sensuales que dejan poco espacio a la imaginación: dos fuerzas carnales arrebatadas y entregadas a un tipo de pasión que solo parece tener cabida en el cine X. Se retoma el «él» y se pasa del presente de indicativo de las anteriores estrofas al pretérito perfecto simple, como si hablara de algo que ya terminó, aunque el último verso, en presente de nuevo, lo deniega: «Se dio, coronó, / con la boca el tanguita me quitó, / más artista que yo. / Me puso a cantar, el micro agarrar, / y ahora estoy envuelta».

Antes de entrar en el bucle del estribillo, remata Bad Gyal con cuatro versos en los que se declara reina, no como esas princesitas de los cuentos maravillosos que aguardan dormiditas a que un príncipe azul las despierte con un beso de amor. Es ella quien quiere tener el control, llevar las riendas, reafirmar su autoridad en una relación no simétrica, quien pide y exige, quien se abre como una flor prosaica para satisfacer sus deseos, los ardores de su propio cuerpo. Usa para ello un «tú» al que ordena en imperativo, protagonista de una escena reproducida en multitud de ocasiones en el cine de adultos con un postrer atisbo de pudor lingüístico: «Reina, no princesita. / Escúpeme en la boquita. / Qué linda carita. / Más linda tiene la -ah».

Por si quedara alguna duda sobre aquello que el lenguaje –directo y provocador– enuncia, la cantante cuenta con el apoyo visual de un videoclip dirigido por Torso, que suma desnudez, baile, elasticidad corporal, metáforas y sensualidad a raudales. La presencia masculina se limita a una sombra o un bulto bajo las sábanas, no va más allá el atrevimiento que, por otra parte, casi con toda seguridad sería penalizado en redes sociales y censurado en plataformas de distribución de vídeos como YouTube.

Así, intercaladas con la interpretación y la coreografía de la cantante, que solo viste sujetador y tanga, el autor del videoclip inserta un rosario de metáforas visuales con objetos que entran y salen, que exprimen jugos, que estallan con un chorro de burbujas, que se enredan en movimientos asociados al empuje y la unión de las pelvis en el acto sexual o que se presentan con la forma reconocible de un molusco bivalvo marino.

Así que sutilezas lingüísticas o retóricas para qué cuando se puede recurrir a la palabra empoderada, a la imagen, al cuerpo y a referencias verbales y visuales reconocibles en la pornografía fílmica para darle alegría a los ojos y a los oídos Macarena, que los ojos y los oídos son para darles alegría y cosas buenas.

Vaya por la juvenil belleza de Bad Gyal y su dancehall, regaetón y trap, en el que importa tanto lo que se cuenta como lo que se muestra, lo que se sugiere como lo que se oculta, lo que se baila como lo que se-ah.