Madrid, 24 de abril de 2026. Sala Clamores
El rumor se hizo coro: Vermú en Clamores
El pasado viernes 24, la Sala Clamores acogió uno de esos conciertos que no solo se escuchan, sino que se sienten como un punto de inflexión. Vermú regresaba a la capital con un directo que confirmó lo que ya era evidente: lo suyo ya no es promesa, es realidad.
La banda, formada por Dani Toboso, Antonio Martínez y Francisco Belmonte —y acompañada en directo por Remedios Carrilero y Tomás Palencia— ha sabido construir, desde La Roda (Albacete), un sonido propio en el que el pop-rock se entrelaza con el folclore manchego con naturalidad y carácter.
Borja Peinado
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María Rueda
Redactora
El contraste con su paso por la misma sala hace apenas dos años no podía ser más revelador. Donde antes había espacio, ahora hay bullicio y gente apretada. Donde antes había curiosidad, ahora hay un público entregado que corea letras como si llevaran toda la vida formando parte de su banda sonora. Ese crecimiento, vivido en primera persona, convierte el concierto en algo más que un directo: es también una celebración compartida.
Parte de esa conexión se explica por la fuerza de su repertorio. Las canciones de su debut, Cancionero Estoico (2020), siguen funcionando como pilares emocionales: “Éxodo”, “Los campos amarillos”, la siempre luminosa “Los veranos son cortos” o la coreadísima “Canto alegre” resuenan con una madurez que el tiempo solo ha reforzado. De Duelo de ronda (2023), temas como “La ronda”, “Me va quemando” o “Agosto” mantienen la intensidad, aunque es “Un viento de amnesia” la que se confirma como imprescindible, de esas que el público no está dispuesto a dejar fuera nunca.
Pero si algo marcó la noche fue la presentación de su nuevo trabajo, Los Zagales (2026), producido por Manuel Cabezalí. Las nuevas canciones no solo encajan en el directo, sino que lo elevan. Suenan sólidas, vivas, y sorprendentemente familiares para un público que ya las canta como propias. “La del Júcar”, previa al cierre, fue sin duda uno de los momentos más especiales del concierto: una pieza que invita a detenerse, a salir del ruido cotidiano y a reconectar con algo más esencial. Hay en ella una pausa necesaria, casi un refugio. El concierto culminó con “Somos desastre (Que te den)”, cerrando la noche con una energía distinta que terminó de encender la sala.
En lo escénico, Vermú mantiene esa cercanía que los define. El momento en que la banda baja al público, ya convertido en ritual, rompe cualquier barrera entre escenario y sala, reforzando la sensación de comunidad que atraviesa todo el concierto. No hay artificio, solo música y verdad.
Hablar de Vermú, sin embargo, no es del todo fácil cuando hay un vínculo de por medio, tras haberles seguido desde sus inicios allá por 2018. También una raíz común, la de La Mancha, que se cuela en sus letras, en su sonido y en la forma de entender la música y la vida. Quizá por eso esta crítica no puede ni quiere ser completamente objetiva. Ver cómo todo empezaba y comprobar ahora cómo llenan salas y hacen suyo al público tiene algo de orgullo difícil de disimular.
Vermú no solo mezcla estilos: construye un imaginario propio donde tradición y presente conviven sin fricciones. Y si algo quedó claro en Clamores es que ese imaginario ya no se queda en el escenario, sino que se expande con cada persona que lo escucha. Lo vivido el viernes deja la sensación de que este es solo un punto más en un recorrido que sigue creciendo, con la certeza tranquila de que a Vermú aún le queda mucho camino por delante… y muchas salas por descubrir.