La parálisis del sueño según Astropálido, Desenterradas y Futuro Terror
Solo quien haya padecido parálisis del sueño entenderá ese otro mundo intermedial en el que podemos llegar a habitar los humanos durante el descanso nocturno. O las sensaciones y miedos que zarandean a quienes la viven en la oscuridad de sus dormitorios a solas, siempre a solas. Pues aunque al cuerpo lo acompañe otro cuerpo en la cama, siempre está solo y perdido en esa franja de irrealidad en la que fantasmas de toda índole lo visitan con desconocidas intenciones.
Paranoia lo llamarán aquellos que duermen plácidamente ocho horas del tirón sin inmutarse y se levantan como una rosa, descansados y enérgicos para afrontar cada nueva jornada. Pesadillas mal gestionadas serán para otros. Exceso de imaginación para los más incrédulos. Pero no. La parálisis del sueño es una realidad muy real para los que la sufren.
Fernando Molero
Redactor
Según la literatura médica, se trata de un trastorno en el que se solapa la fase de vigilia con la fase REM del sueño (Rapid Eye Movement, del que toma nombre la mítica banda de rock norteamericana liderada por Michael Stipe; o MOR en castellano: Movimiento Rápido de Ojos), y que suele experimentarse como un episodio de pánico y angustia, puesto que la persona, aunque está despierta y es consciente de lo que pasa a su alrededor, no puede moverse.
Abres los ojos. Tu cerebro está despierto, consciente de quién eres y de dónde estás. Pero tu cuerpo, ah, tu cuerpo aún permanece esclavo del sueño en el periodo REM, razón por la cual no puedes moverlo, no te pertenece. Tu ser es sacudido por una incómoda sensación de parálisis. De ahí el nombre. Y es en esos segundos o minutos de desconcierto donde se hacen presentes las alucinaciones, las presencias, los ataques de sombras siniestras, la falta de aire por la presión en el pecho, los ruidos inesperados, los gritos sordos que solo retumban en tu cabeza, la lucha absurda contra lo inevitable, el pánico.
Yo no podía explicar ni explicarme lo que me pasaba hasta que uno de los hermanos Muñoz, José, del dúo Estopa, confesó en el programa de Televisión «El Hormiguero» lo que le ocurría algunas noches mientras dormía. Lo describió con tanta claridad que en ese preciso momento supe que mis largos tormentos de más de una década tenían un nombre y no eran fruto de mi fantasía ni una chifladura.
La primera vez vino como una presencia sin forma que se acostó junto a mí mientras mi mujer veía la televisión en la planta de abajo. Fue algo extraño, pero no desagradable. Caí en la cuenta cuando ella subió y más tarde se metió bajo las sábanas. Desperté entonces y le pregunté qué hacía. «Acostarme», me dijo. «¿Y no lo has hecho ya antes?», insistí. Me aseguró que no. Yo había notado el peso de la presencia, cómo el colchón se hundía, su respiración.
Lo dejé correr.
Esa misma sensación se repitió varias veces. De idéntica manera o como alguien que se sentaba a los pies de la cama, justo donde terminaban mis extremidades inferiores. A veces incluso encima de ellas. En todas las ocasiones yo la sentía, como algo físico que me acompañaba y me desazonaba sin llegar a incomodarme ni a asustarme.
Vivía en Córdoba en aquellos días; mi madre había muerto poco antes. Quise fantasear con la posibilidad de que fuera ella quien me visitaba de noche. Para estar a mi lado. Para despedirse. Uno busca explicaciones, consuelo a todo aquello que no entiende.
Tiempo después nos fuimos a vivir provisionalmente a la casa del campo y me olvidé de todo aquello. Sin embargo, un buen día, sin previo aviso, las presencias volvieron. Con mayor intensidad. Y ya no eran aquel liviano espíritu sin rostro ni cuerpo visible que se empeñaba en acompañarme en el tálamo nupcial. No. Tomaron forma y color y unos perfiles amenazantes francamente terroríficos. Puede que fueran muchas distintas, pero para mí era siempre la misma: una sombra negra que bien podría asemejarse al Nosferatu de Murnau o a cualquier demonio surgido del inframundo. A veces tiraba de mí y me arrastraba a las profundidades de la cama sin que pudiera aferrarme a nada. O se tumbaba sobre mí impidiéndome respirar, exhalando su aliento a escasos centímetros de mi cara. Otras me atacaba de espaldas, como si pretendiera ser un simbionte deseoso de entrar en mi interior. Variantes. Muchas. Todas distintas. En ocasiones conseguía sobreponerme al miedo que me provocaba aquel espectro de luz negra autoconvenciéndome –como me había recomendado el médico– de que nada de aquello era real. Intentaba respirar, dejar pasar el tiempo diciéndome que enseguida terminaría. El regusto amargo en la boca permanecía hasta que conciliaba el sueño nuevamente. Pero casi siempre solía resistirme, luchar contra ella, zafarme de su dolorosa opresión, gritar con todas mis fuerzas en la sorda noche. Todavía retumban en mi cerebro las palabras que jamás salían de mi boca, que rebotaban dentro de mí como un eco atronador: «¡Déjame en paz! ¿Qué quieres de mí? ¿Qué quieres de mí?». Nunca recibí respuesta. Aun hoy, a pesar de todo, de lo que sé, la sigo esperando. Aunque parezca una tontería. Porque no me resigno a creer que nada de eso sea real.
Es justo decir también, que algún día (los menos), a la entrada de la puerta del dormitorio he visto una figura blanca iluminada acercándose lentamente, ofreciendo, tal vez, algún consuelo, algo de equilibrio con esa sombra de oscuridad que insiste en mortificarme. Incluso he visto, con los ojos bien abiertos, mi cuerpo flotando por la habitación muy cerca del techo mientras el verdadero descansaba inmóvil en la cama, ajeno a esa experiencia extrasensorial.
Un día descubrí, por azar, investigando para escribir sobre la banda baezana Melifluo (heredera directa de Supersubmarina por causas que todo buen amante de la música pop más reciente conoce), que en sus comienzos contaron con la colaboración de Rafael Leone, que venía de cantar y tocar la guitarra con el grupo sevillano Astropálido. No es de extrañar, pues su sonido tiene resonancias de la banda liderada por José Marín. Y una cosa me llevó a la otra. Sabido es que cuando tenemos algo muy vigente parece que los astros (los pálidos y también aquellos que tienen mejor color de cara) se alían para poner en nuestro camino ejemplos que corroboren todo aquello que rumiamos sin ser del todo conscientes.
Así fue como llegué a la canción Parálisis del sueño de Astropálido, incluida en su álbum Mentiras para contar la verdad, del año 2018. En la primera estrofa sientan las bases de lo que va a ser su discurso, sintetizan en apenas seis versos dos ideas básicas sobre las que se construye el tema: la sensación de inmovilidad y angustia corporal y cierta necesidad malsana de querer volver a repetir la experiencia: «Desperté y pensé por un momento / que al fin habías vuelto. / Te vi acercándote en la oscuridad. / Pero no, era parálisis del sueño. / Y unas garras contra mi pecho / me impedían respirar». Lejos de rehuir el encuentro parecen anhelarlo con ese «al fin habías vuelto», por mucho que venga acompañado de opresión y ausencia de oxígeno, para así estar con ella.
Los dos siguientes versos responden a esa idea de no hacer caso a los expertos. Los humanos solemos tener tendencia a elegir todo aquello que es ilegal, inmoral o engorda. Por qué no también lo que nos atrae y repele a partes iguales. Lejos de buscar la relajación, como aconsejan, se dejan arrastrar por la confrontación. «Pienso que no volveré a liberarme. / Caigo en el error de luchar contra lo inevitable», canta Leone antes de rebelarnos el verdadero sentido de la canción, que es un pequeño tratado sobre la parálisis del sueño, su manifestación y sus consecuencias, pero también sobre la adicción y la inclinación a desear el lado oscuro de la realidad. Podríamos equiparar la siguiente estrofa a esa imagen de los espectadores que se cubren el rostro con las manos ante la visión de una escena terrorífica, pero dejan unas rendijas entre los dedos para observar de soslayo lo que ocurre en la pantalla: «Grito tu nombre en la madrugada. / Me aterra el lado oscuro de tu mirada. / Es algo adictivo y me muero de ganas, / pero esta vez me has dejado caer».
A partir de este momento, en la canción todo es un descenso vertiginoso a los infiernos de un amor desmesurado por lo desconocido, por lo imposible, lo inalcanzable, a la manera de los poetas románticos de la primera mitad del siglo XIX. Más que de una afección nocturna sufrida por una disociación cuerpo-mente, entramos en el terreno de la locura, del apasionamiento por lo siniestro, de la atracción pura y dura. Qué duda cabe de que la parálisis del sueño es toda una experiencia sensorial, que saberse protegido al despertar les hace querer un poco más, vivir eso que solo se ve en las películas de terror con la certeza de que ni serán el chico o la chica adolescente que perecen de la forma más horrible a manos de un sádico maníaco ni se convertirán en el receptáculo de un demonio que hable en latín o arameo y eche espumarajos verdes por la boca. Pasa entonces a ser una droga ansiada: «Provócamelo de nuevo. / No puedo saciarme. / Se eriza cada vello / en cada palmo de mi cuerpo».
Los componentes de Astropálido han caído presos de lo fatal. Pero no les importa. Por sus venas corre, como un caballo desbocado, un nombre que se grita en la oscuridad, una mirada investida por el espanto, un deseo loco de caer y morir en cada intento de atrapar lo inasible, aquello que solo reside en unos segundos entre un ciclo y otro del sueño. Solo queda, pues, despertar y volver a la realidad, tan anodina a veces.
Más contundentes en su sonido son (musical y visualmente hablando) las componentes de Desenterradas, un grupo adscrito al movimiento after punk formado por cinco chicas mallorquinas: Dana, Makrin, Tere, Nena y Mixa. Tampoco son ajenas ellas a un tema que entronca a la perfección con una corriente que hace del negro y de lo oscuro bandera de radical posicionamiento ético y estético.
En su disco Danzando en el caos (2021) incluyen un tema titulado Parálisis del sueño, que ya grabaron en 2015 en Sangre Azul, su maqueta debut en el mundo de la música. Saben de lo que hablan. Con un sonido que, salvando las distancias, recuerda a aquella mítica banda de la Movida de los 80 llamada Parálisis Permanente, realizan una descripción perfecta del abandono inerme del cuerpo a la deriva atrapado en las redes del sueño y de todas las sensaciones que en ese extraño viaje percibe.
Con unas rimas consonantes no demasiado elaboradas, pero sí efectivas, inauguran la canción: «En tu cama tumbada estás. / Terribles pesadillas / soñando estás. / Una mirada fija / clavada en tu rostro. / Una presencia extraña / no te deja abrir los ojos». Ya tenemos introducida la situación y a los personajes principales de la historia.
Atacan las siguientes estrofas con idéntica fuerza, manteniendo esa segunda persona del singular que remite a una especie de desdoblamiento del yo lírico. Profundizan en el entorno de irrealidad que rodea a la parálisis del sueño, a las visiones, a los miedos incontrolables, al anuncio de una posibilidad sobrenatural que dote de sentido a lo que solo es fruto de una materialización onírica que tiene lugar en otro estadio de nuestra conciencia: «Se eleva tu cuerpo, / palpita el corazón. / No sabes si estas muerto, / no sabes si es temor. / Parálisis del sueño, / viaje astral. / Presencias malignas. / Es sobrenatural».
Terminan dejando claro que es imposible huir. Como aquel eslogan de la película Alien, el 8º pasajero (Ridley Scott, 1979) que rezaba: «En el espacio nadie puede escuchar tus gritos», así la voz de Dana Sioux nos recuerda que estamos solos, a merced de una fuerza superior que no podemos controlar ni explicar mediante los argumentos propios de la razón: «Terror nocturno. / No puedes despertar. / Gritas en silencio. / Nadie te va escuchar».
Y para terrores, los del grupo Futuro Terror. En su canción Parálisis del sueño, corte número cinco del disco Su nombre real es otro (2016), el trío alicantino de rock duro y música punk redunda en todo lo que hemos venido detallando hasta el momento. Los mismos términos utilizados por las otras bandas también los volvemos a encontrar en ellos. Por sus versos desfilan la «sensación de levitar», «las sombras te detienen», «sientes el miedo, sientes el frío», «estás inmóvil y te cuesta respirar», «una experiencia extracorpórea», «las sombras te desbordan».
Mejor que lo explique José Pazos, vocalista de Futuro Terror:
Esta canción va sobre la parálisis del sueño, que es una movida bastante chunga que le da a la peña cuando duerme y se despierta a medias y se queda inmóvil ahí pasándolo peor que en un mitin de Ciudadanos. Nuestro anterior batera, Joan, sufría ataques de estos de vez en cuando. Hay una teoría que relaciona la parálisis del sueño con las abducciones extraterrestres, porque hay muchas personas que, además de quedarse paralizadas, ven figuras que se les acercan…[1]
Pues eso, que nadie que no haya vivido la experiencia podrá entender, en su verdadera dimensión, qué es eso de la parálisis del sueño, ni cómo se presenta, ni cómo afecta a aquellos que mientras duermen se sienten atrapados en una espiral de sombras y presencias que tratan de mortificarlos. «¿De dónde vienen? ¿Qué quieren?», tienden a preguntarse. Pero no hallan respuesta; solo descripciones más o menos líricas de unas manifestaciones que tienen mucho de terroríficas.
[1] https://www.rtve.es/radio/20160623/futuro-terror-paralisis-del-sueno/1361673.shtml (Consultado por última vez el 11/02/2025)
Menos mal que nos queda el consuelo de la música con la que exorcizar a los fantasmas. Da igual que sean sonidos cercanos al pop, al rock o al punk. Mientras los escuchemos y nos movamos y los bailemos significará que no estamos dormidos, que no estamos atrapados en la maldita parálisis del sueño.