Los ídolos caídos. Pamela Anderson según Rigoberta Bandini
La memoria y recuperación de los ídolos caídos suele ser algo bastante gratificante para el espíritu humano. Es cierto también que el deseo de que aquellas personas que han obtenido algún éxito o han llegado a la cumbre en sus carreras se estrellen irremisiblemente, muerdan la lona, saboreen el amargo sabor del fracaso, está a la orden del día. Tal vez sea para verlos después renacer como el Ave Fénix, convertidos en seres distintos, más espirituales, menos pagados de sí mismos. Da igual. Lo importante es saber que alcanzaron la gloria y que bajaron también a los infiernos.
No hay actividad humana, sea cultural, artística, económica, política, etc., que no tenga sus particulares santos y mártires, sus adoradores del becerro de oro, sus crucificados y sus Lázaros. Pergeñar una nómina de tantos y tantas resultaría ardua tarea
Fernando Molero
Redactor
Los primeros que vinieron a mi cabeza tras escuchar la canción …Pamela Anderson de Rigoberta Bandini fueron Britney Spears y Mickey Rourke. Fue una asociación inmediata. Nadie me pregunte por qué. Música y cine, ambas pasiones. Pero podría citar a Macaulay Culkin, Leticia Sabater, Mario Conde, Joselito… Una larga lista de carne de espectáculo que la gran picadora de la fama se ha encargado de desmenuzar como parte de un menú para degustadores de éxitos, fracasos y redenciones, si es que las hubo.
A Britney Jean Spears se la llegó a conocer como «La Princesa del Pop». La reina que ocupaba el trono de la música de baile en aquel momento era Madonna. Ella tenía que conformarse con el segundo puesto. Cantante, compositora, bailarina y actriz surgida de la fábrica de televisión de Disney, debutó en 1999 con un disco fantástico titulado …Baby One More Time. Vendió millones de copias. Era todavía una adolescente que no había cumplido los veinte años. Sin embargo, con el paso del tiempo, su comportamiento errático, el exceso de trabajo y algunas desastrosas decisiones personales la llevaron al interior de un agujero negro, un bucle de conquistas, conciertos y vida loca que desembocaron en la pérdida de su propia tutela. Consiguió recuperarla en 2021, cuando el daño ya estaba hecho. Ella siempre ha acusado a su familia y a quienes gestionan sus negocios de ser los culpables de todo. Pero la verdad es que en los últimos años su exposición pública siempre ha ido de mal en peor, con apariciones en las redes que demuestran que la otrora estrella del pop tiene serios problemas de salud.
El actor, boxeador y guionista Philip Andre Mickey Rourke Jr., por su parte, alcanzó la gloria junto a la bellísima Kim Basinger en Nueve semanas y media, la película dirigida por Adrian Lyne en 1986. También él era una beldad en aquellos días, un mito erótico a la altura de su partenaire femenina. En apenas unos años trabajó con algunos de los más grandes cineastas del momento: Francis Ford Coppola, Barry Levinson, Barbet Schroeder, Alan Parker, Michael Cimino. De igual modo participó en algunos fiascos que fueron devaluando su consideración como actor. Para resarcirse de estos desengaños, volvió al ring. Los golpes que recibió fueron tan duros al menos como las críticas por sus interpretaciones en películas mediocres cuando no directamente infumables. Le dejaron secuelas importantes en el rostro, en el cuerpo, en el cerebro y en el alma. Su belleza de antaño se tornó monstruosidad. Las cirugías reconstructivas a las que hubo de someterse para curar sus heridas le hicieron un flaco favor. Y regresó a la actuación con pequeños papeles en películas de todo tipo. Pero la estrella de Mickey Rourke hacía tiempo que había dejado de brillar. Hasta que en 2008, Darren Aronofsky le ofreció un papel escrito a su medida y lo llevó de vuelta a la actualidad con El luchador, una historia sobre las luces y las sombras en la vida de un luchador profesional. Encadenó luego algunos trabajos en superproducciones y poco más.
Aunque la canción de Rigoberta Bandini no va sobre los ídolos caídos en general, sino sobre uno en concreto: Pamela Anderson, a la que quienes ya tenemos una edad recordaremos de cuando corría a cámara lenta por una playa de California embutida en un sugerente bañador intensamente rojo, salvavidas en mano, a las órdenes del ínclito David Hasselhoff en la serie de televisión Los vigilantes de la playa. Tenía poco más de 25 años y estaba en el esplendor de su juventud y de su belleza. No le faltaban elogios ni portadas en la revista Playboy. Sin embargo, en la industria del entretenimiento, ser un símbolo sexual suele conllevar unos peajes complejos de pagar, terribles. Mucho más si se es una mujer. Ese mundo, si no te andas con cuidado, te devora, te fagocita y, sin siquiera hacer la digestión, te vomita de nuevo convertida en una piltrafa. Estos versos de la canción (deslumbrante metáfora incluida) explican con exactitud dicho proceso implacable de deglución: «Tuvieron que castigarte / y lanzarte a un mar de tigres / siempre hambrientos de tu carne».
En 1995 llegó el famoso vídeo en el que la joven practicaba sexo oral con quien fuera su marido: Tommy Lee, un malote de manual miembro de la banda de glam metal Mötley Crue. La actriz no pudo hacer nada por detener la difusión de unas imágenes que pertenecían al ámbito privado de una pareja. Incluso los abogados le dijeron que el hecho de exhibirse en las páginas de Playboy o Penthouse la convertían directamente en un personaje público sin derecho alguno a la intimidad. El único interés de muchos de los hombres con los que se relacionaba era verla desnuda o acostarse con ella. En ese momento, justo cuando estaba despegando, ya comenzó su declive. Sí, continuó trabajando en algunas películas de ínfima calidad y participando en programas de televisión y reality shows, pero de aquella joven de ojos azules y curvas de vértigo cada vez iba quedando menos. Hasta que en 2023 un documental de Ryan White titulado Pamela, a Love Story, en el que la propia Pamela Anderson contaba una trayectoria vital que iba desde la fama hasta los amores escandalosos, el vídeo y, sobre todo, el tratamiento que se le da a las mujeres en la industria del entretenimiento audiovisual, la trajo de vuelta a la luz.
Y aquí queríamos llegar, pues este es el punto de partida de la canción que le dedica Rigoberta Bandini, la palanca, el motor que un día propició que la compositora escribiera una letra a mayor gloria de una estrella fugaz como Pamela Anderson.
Así se abre el tema: «Pamela Anderson, / te quiero mucho. / Vi tu documental ayer. / Eran las nueve y diez / de un día duro. / Abrí la tele y te encontré».
Queda claro que no hay una voluntad expresa por parte de la cantante de componerle una canción, sino que más bien esta es producto de un encuentro casual entre la espectadora que se asoma a la pequeña pantalla en busca de nutriente audiovisual y la programación de un canal de televisión. Pero lo que ve y le cuentan la motiva lo suficiente como para querer rendirle algo más que un homenaje, pues solo cantar sus alabanzas se quedaría corto; es su deseo recuperar no solo a la estrella, a la actriz, sino a la mujer y a la persona que anidan dentro de ella, convencida de que es un ser luminoso que ha sido tratado injustamente, a la que fuerzas poderosas ajenas se han empeñado en sumergir en un pozo de oscuridad y podredumbre moral.
El videoclip del tema es deudor de la letra y del personaje. Se abre con la imagen de una pantalla de televisión en la que una gaviota vuela sobre una playa. Paula Ribó, sin maquillaje, se enfrenta a una miríada de espejos que multiplican su rostro: metáfora de lo poliédricas que pueden llegar a ser las mujeres, una mujer como Pamela Anderson.
Con su canción, pretende revalorizar a Pamela Anderson creando contenidos diseñados especialmente para atraer la atención sobre ella, de forma que su figura se extienda por la red y se convierta de nuevo en un referente de belleza y también, de paso, de integridad. En ese afán de empoderamiento femenino que forma ya parte indisoluble de la marca de la casa Bandini, usa un recurso digital atractivo que ayudará a la causa: «Pamela Anderson / lo somos todas. / Ese es el clickbait que usaré. / Pamela Anderson / siempre de moda». Y ella misma, Rigoberta Bandini, se encargará del marketing y del merchandising necesario para multiplicar su imagen por doquier.
Esto es lo que ocurre en la primera parte de la canción, que no es triste ni nostálgica, ni nada por el estilo. Más bien al contrario. Es un himno que estalla al acometer el estribillo. Juguetea la cantante con una falsa sílaba de reminiscencias onomatopéyicas: «Pam, Pam, Pam», asociada al nombre de Pamela Anderson, y que repetirá más adelante como parte del adjetivo despampanante. A modo de disparos al aire se abre el estribillo para denunciar la cosificación femenina, la conversión de la mujer en objeto, la anulación del ser detrás de la apariencia física: «Pam, Pam, Pam, Pamela / te hicieron sentir pequeña / y no supimos quién eras / más allá de tu belleza / despam-pam-pam-panante».
En la segunda parte del tema asistimos a la resurrección de la actriz. Y como toda resurrección lleva aparejada algo asociado a lo divino, Pamela Anderson retorna del mundo de las sombras con una nueva espiritualidad desprovista de aquel antiguo cuerpo tan ansiado por los hombres que no supieron amarla. Ha dejado de ser una mujer de carne y deseo, de llaga y laceración para transformarse en una suerte de diosa pagana que invita a creer en ella con una fe renovada. Por efecto de la visión del documental, Rigoberta Bandini se siente en deuda hasta el punto de inventar una religión expresamente para ella, colocándola en el centro de un catecismo en vías de redacción, representada por una mujer con un cuerpo y un alma transidos de heridas, secuelas de haber vivido: «Al volver a empezar / te hemos podido ver resucitar / diosa del bien y del mal. / Te vamos a adorar hasta el final. / Creo que ayer inauguré una religión. / Pétalos de color caen del balcón».
Y termina la canción con la expresión de un deseo y un juramento. Conocemos todos los avatares de la vida de Pamela Anderson por lo que se ha publicado en los medios y por lo que hemos visto en el documental sobre su vida, los que la han traído desde aquel pasado de bañador rojo y carrera a ralentí por la playa hasta un presente de cara lavada en el que apenas queda rastro físico de aquella exuberancia juvenil. Quizá ahora sea más mujer (otra al menos), más hermosa, pura y sin ornamentos innecesarios. De ese lugar nace la admiración de Rigoberta Bandini, que, en el fondo, como si fuera la profeta de ese culto a la deidad de Pamela Anderson, solo quiere que alguien como ella sea feliz. Y lo hace a través de una tercera parte que es un rezo, una oración para todas las mujeres: «Te juro, Pamela / que todas queremos / que seas feliz. / Y a todas aquellas / Pamelas del mundo / les digo sí».
Porque no hay océano de tigres, ni garras, ni afilados colmillos capaces de arañar ya siquiera la piel de esta mujer recién nacida al mundo.