Interrogaciones retóricas en Super Gris de Ángel Stanich

Lo que desea cualquier emisor que formule una pregunta de forma oral en un diálogo cotidiano es recibir una respuesta coherente con la cuestión planteada. Sin embargo, en el ámbito de la literatura (también a veces en el habla normal), existe una figura literaria y de discurso llamada pregunta o interrogación retórica, que es aquella en la que no se espera ningún tipo de respuesta del interlocutor, bien porque ya está implícita, se sobreentiende o se pretende invitar a la reflexión al lector. Su objetivo primordial es acentuar una idea, movilizar el pensamiento o transmitir una determinada emoción, no obtener ningún tipo de información. También recibe un nombre más culto: erotema.

Fernando Molero

Fernando Molero

Redactor

Quizá las interrogaciones retóricas más conocidas de nuestra literatura sean las seminales escritas por Jorge Manrique durante la segunda mitad del siglo XV en las famosísimas Coplas a la muerte de su padre, dedicadas a ensalzar la figura de su progenitor tras su óbito, acaecido el 11 de noviembre de 1476.

XVI

¿Qué se hizo el rey don Juan?
Los infantes de Aragón,
¿qué se hicieron?
¿Qué fue de tanto galán,
qué fue de tanta invención
como trujeron?
Las justas y los torneos,
paramentos, bordaduras,
y cimeras,
¿fueron sino devaneos?
¿Qué fueron sino verduras
de las eras?

XVII

¿Qué se hicieron las damas,
sus tocados, sus vestidos,
sus olores?
¿Qué se hicieron las llamas
de los fuegos encendidos
de amadores?
¿Qué se hizo aquel trovar,
las músicas acordadas
que tañían?
¿Qué se hizo aquel danzar,
aquellas ropas chapadas
que traían?

Aunque si nos retrotraemos bastantes siglos atrás, cualquier estudiante de Latín recordará el increíble comienzo de las Catilinarias de Cicerón: «Quousque tandem abutere, Catilina, patienta nostra?  Quam diu etiam furor iste tuus not eludes? Quem ad finem sese effrenata iactabic audacia?», que traducido al castellano vendría a ser algo así como: «¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia? ¿Hasta cuándo este furor tuyo se burlará de nosotros? ¿A qué extremo va a llegar esa osadía desenfrenada tuya?».

Pues bien, a dicha interrogación retórica acude Ángel Stanich en la canción «Super Gris», de su último disco titulado Por la hierba (2026), para reflexionar sobre el desencanto vital en tiempos de conflictos internacionales de hondo calado global.

El álbum en su conjunto ofrece un repertorio de nueve temas en los que priman lo introspectivo, melancólico y surreal y que hablan de los problemas de salud mental a los que a veces nos abocan estos tiempos modernos. Sin olvidar un rasgo inconfundible de estilo de este músico cántabro: las referencias y los guiños constantes a la cultura pop y a un imaginario cultural y popular que engloba por igual a la música, el cine, los dibujos animados, la televisión, las series, etc. «Super Gris» es una buena muestra de ello.

En la canción se entrelazan el plano el personal y el sociopolítico. Este segundo actúa como contrapeso a la apatía y monotonía cotidiana, utilizando el sarcasmo y la ironía que sirven para suavizar la trascendencia del discurso. Comienza con tres versos en los que ya se incluyen dos interrogaciones retóricas, aplicadas, en este caso, a un objeto inanimado como es la fruta: «¿Qué dirá la fruta / cuando cae del árbol? ¿Pedirá auxilio?». El cantante se muestra empático con el universo natural al que le otorga, personificación mediante, las cualidades humanas de decir y de pedir auxilio.

Las dos siguientes estrofas se enlazan precisamente a través de una pregunta a la que sí se da respuesta. En la primera de ellas, el autor se inscribe, a través del «yo», como receptor de la misma, mientras deja claro que en su actual estado de desengaño anímico y desesperanza solo cabe dirigirse a una figura simbólica y representativa proclive a comprender a los desesperados: «Virgen de amargura, / ¿qué me das a cambio / de un triste suspiro? / Una perla antigua / de un idioma trágico / tan del cante jondo».

Continúa un estribillo en el que los juegos de palabras, la metáfora lexicalizada «abrir ese melón», el uso de la interjección, la antítesis y el título de la canción sugieren la imposibilidad de mostrar el mundo interior y encontrar una solución plausible al sufrimiento: «Y es ay, dolor… / sin hache y compasión. / Abrir ese melón / que no quieres abrir… / Ay, qué emoción… / Tan breve interjección, / y todo es de color: / completamente gris… / Super gris».

El antagonismo establecido en los versos finales entre el color, asociado a azules, rojos, verdes, amarillos, violetas o naranjas, por ejemplo, frente al gris, cuya palabra ya encierra en sí misma todo un mundo de connotaciones negativas, justifica que el cantante no pueda afrontar esas verdades incómodas que le anidan dentro. Cuando alguien se refiere a la apertura de un melón no como el disfrute de tan jugosa fruta, en realidad lo que está diciendo es que exponer determinadas cuestiones puede suponer algo parecido a la apertura de la mítica caja de Pandora. Además, en el tema, se refiere a dicha acción en segunda persona, marcando así una distancia aún mayor con los sentimientos personales funestos que prefiere mantener a buen recaudo. Lo único que obtendría con ello sería dolor; de ahí esa interjección «ay», breve sí pero contundente, sin hache, para no confundir con la forma del verbo haber «hay» y sin compasión.

Tras el estribillo, tres estrofas en las que, abandonando lo íntimo, se plantean cuatro interrogaciones retóricas de índole político, que tal vez hayan contribuido negativamente al estado de desazón en el que se halla el cantante.

La primera alude indirectamente al bloqueo norteamericano de la isla de Cuba: «¿Qué dirán en Cuba, / cuando no hay tabaco? / El capitalismo». Las consecuencias las sabemos todos: asfixia económica, precariedad de la población en todos los órdenes de la vida, postración a los dictados del más fuerte.

En la segunda estrofa conviven dos íntimamente relacionadas, pues en ambas se hace referencia a un concepto terrible: el del genocidio, término tan desgraciadamente de actualidad debido a las impunes matanzas de palestinos, con la consecuente apropiación de sus pertenencias y sus tierras, por parte de Israel, algo que paradójicamente nos suena mucho por el sufrimiento del pueblo judío a manos de los nazis. Equiparando lo ocurrido en Alemania y aledaños durante la II Guerra Mundial con el presente atroz de Palestina, Stanich se pregunta: «¿Qué dirán en Gaza / sobre el Holocausto?». Y no contento con este evidente paralelismo, se retrotrae a una época más lejana, la de la Conquista del Oeste, que supuso prácticamente el exterminio de los auténticos norteamericanos: apaches, comanches, arapahoes, mohicanos, etc. ¿Acaso lo que vale para unos no vale para otros? Canta: «¿Qué dirán los indios?». Para rematar con un guiño irónico que funciona como antítesis de las dos preguntas anteriores, una tercera dirigida expresamente a la esposa del presidente de los EEUU Donald Trump: «¿Y qué dirá Melania, / yendo a Mar-a-Lago, / llorando en la limou…?».

Cambiando de tercio, Ángel Stanich torna de nuevo al comienzo, a la naturaleza, personificada en este caso en una lluvia a la que le concede, igual que a la fruta de la primera estrofa, el don de la oralidad humana: «¿Qué dirá la lluvia / cuando cae en el campo / de otro señorito?». Esta palabra: señorito, de hondas reminiscencias latifundistas, sobre todo en Andalucía.

Y termina la canción con dos menciones intertextuales: una musical y otra audiovisual.

La primera es un guiño a la cantante chilena Violeta Parra y a su famosísimo tema «Gracias a la vida», tan versionado, tan recreado, tan cantado: «Gracias a la vida que me ha dado tanto. / Me dio dos luceros que cuando los abro / perfecto distingo lo negro del blanco. / […] / Gracias a la vida que me ha dado tanto. / Me ha dado la risa y me ha dado el llanto. / Así yo distingo dicha de quebranto, / los dos materiales que forman mi canto. / […]». Aquí Ángel Stanich juega con la canción y con el nombre de la propia compositora, le da la vuelta al apellido, adapta la letra a su propio discurso y experiencia para reivindicar la evasión como refugio de la realidad. Prefiere estar «en la parra», que es como decir «en Babia», ausente, distraído, antes que saturado con una información que le afecta personalmente: «Gracias a la vida / que me ha dado tanto, / en la parra sigo… / Esa luz de luna / que alumbró el pantano, / que se ve en tus ojos…». Él es, a diferencia de Violeta Parra, incapaz de distinguir lo negro del blanco, la felicidad de la melancolía. Por eso solo ve lo gris en extremo, lo super gris.

La audiovisual cita a una serie animada de televisión que hizo las delicias de los más pequeños allá por los años 90 del pasado siglo: Dragon Ball Z, después del éxito de Bola de Dragón. En la canción de apertura de cada episodio en español se escuchaba: «¡Luz, fuego, destrucción! / A nuestros enemigos hay que vencer / luchando hasta el final». El tema fue adaptado al castellano por Alberto Rekuero e interpretado por el músico de estudio Javier Uruñuela.

Y con esos tres sustantivos enmarcados por signos de interjección termina Ángel Stanich su canción: «Ay, qué emoción. / ¡Luz, fuego, destrucción!», que, más allá de la broma pop que encierran, funcionan casi como una metáfora de este tiempo nuevo en el que ya no es un niño y se ve interpelado por cuestiones que le afectan seriamente. ¿Dónde quedó la infancia? ¿Qué fue de aquellos días en los que unos sencillos dibujos animados representaban el epítome de la felicidad total y absoluta? ¿Adónde fue el héroe que salvaba al mundo con luz y fuego? Preguntas retóricas también que quedan en el aire, pues el hombre en que se ha convertido el cantante cántabro está condenado a contemplar cómo su propio mundo se fagocita a sí mismo entre el ruido, la desolación y la muerte de una época gris, super gris.