Preocupación y compromiso social en las canciones del disco ¡Ahora! de Biznaga)
El golpe de estado perpetrado en 1936 por militares rebeldes que desembocó en la guerra civil, más allá de subvertir el orden legítimo establecido, tuvo como consecuencia en el ámbito de la poesía que algunos de los mejores escritores españoles del momento murieran asesinados o se vieran obligados a exiliarse para huir de una muerte segura en una tierra que de repente se les había vuelto hostil. Los que se quedaron podrían adscribirse, según categorización del filólogo y poeta asimismo de la Generación del 27, Dámaso Alonso, a dos corrientes que convivieron en nuestro país a partir de los años 40 del pasado siglo: la de la poesía arraigada y la de la poesía desarraigada. A la primera pertenecían aquellos que se posicionaron del lado del bando ganador, entregados a una lírica más tradicionalista y religiosa, apegada a los principios del movimiento con una visión ordenada, armónica y optimista de su presente, mientras que a la segunda se vincularon aquellos que le cantaban al dolor y a la angustia de la existencia humana desde una perspectiva muy pesimista en la que la soledad, la muerte, el sufrimiento y la miseria de una terrible posguerra, sobre todo para los más desfavorecidos, era la única manera de abordar temáticamente una realidad irrespirable. Buena prueba de esta segunda corriente son estos conocidísimos versos del poema «Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres» incluido en esa obra cumbre de la poesía desarraigada que es el libro Hijos de la ira (1944) de Dámaso Alonso:

Fernando Molero
Redactor
Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas).
A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,
y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o fluir blandamente la luz de la luna.
Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido, fluyendo como la leche
de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.
Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma,
por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad de Madrid,
por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.
Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día, las tristes azucenas letales de tus noches?
Una década después, en los 50, esta poesía desarraigada devino en lo que dio en llamarse el «Realismo social». Algunos escritores creían firmemente que sus obras tenían que tener una función que superara el mero esteticismo propio de los defensores del arte por el arte, de quienes preferían vivir en su particular torre de marfil entregados a mirar hacia dentro en lugar de hacia el exterior, y que, en el caso de los poetas, empleaban la palabra como un arma arrojadiza para denunciar la pobreza, la injusticia, la falta de libertad y la grisura de un tiempo oscuro sometido con mano férrea por los garantes de la dictadura. Su poesía, de estilo directo y diáfano, se caracterizó por su compromiso ético y político y por reivindicar la colectividad del grupo frente a la deshumanización del individualismo. Dos fueron sus principales representantes: Blas de Otero y Gabriel Celaya. A este último pertenecen estos versos de «La poesía es un arma cargada de futuro», poema incluido en su libro Cantos Íberos (1955):
[…]
Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.
Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.
Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
[…]
Minimizado en todo tiempo y lugar el poder de la poesía, la música y el arte en general como armas de futuro, poderosas herramientas de denuncia subvertidoras de lo establecido, por fortuna aún hay quien desde el altavoz de su pequeña parcela creativa alza la voz para poner el foco en los problemas verdaderos que afectan y condicionan para mal el presente de los humanos. Es el caso de la banda malagueña Biznaga, que ha forjado una sólida carrera en el panorama rock y punk nacional, no solo sustentada en su contundencia sonora sino también en unas letras reivindicativas que dan en la diana de muchas de las problemáticas que alienan y asfixian a la juventud. Sobre todo en su último trabajo: ¡Ahora! (2024), un álbum con once temas independientes pero que funcionan como un todo orgánico.
El disco se abre con la canción «El futuro sobre plano». Quienes tenemos una edad y pudimos adquirir una vivienda en propiedad previa hipoteca, conocimos de primera mano la especulación que supuso comprar un piso inexistente imaginado sobre un papel y en una parcela de tierra. Eso fue antes de la crisis del ladrillo y de la devastación económica que empujó a muchas familias a una situación difícil tras habérseles hecho creer que el sistema era tan sólido como para que pudieran endeudarse de por vida, como si todo el monte fuera orégano y nada pudiera salir mal. Pero la pérdida de empleos, el abaratamiento de los sueldos y la imposibilidad de hacer frente a las hipotecas dibujó una nueva situación social que nos ha conducido hasta aquí, a esta especie de burbuja de felicidad y opulencia bajo la que subyace, como un palacio edificado sobre arenas movedizas, la precariedad laboral, las dificultades del acceso a la vivienda o los problemas de salud mental, temas entre otros que aborda Biznaga en ¡Ahora!.
El Artículo 47 de nuestra Constitución, que se encuentra en el Capítulo III del Título I dentro de los principios rectores de la política social y económica, reza que todos los españoles tienen derecho a una vivienda digna y adecuada, y obliga a los poderes públicos a promover las condiciones necesarias para hacerlo efectivo, llevando a cabo un control del suelo que impida la especulación. Como cantaban Los Chichos: «Son ilusiones».
La realidad contradice el que debiera ser uno de los principios básicos de nuestra convivencia, mientras que los defensores acérrimos de la Constitución se la pasan por el forro porque no interesa hacer frente a una cuestión con la que muchos se llenan los bolsillos a manos llenas.
En este himno de protesta que es «El futuro sobre plano», Biznaga apunta directamente a la crisis de la vivienda y a todo lo que ello conlleva, como la gentrificación y la pérdida de los barrios a consecuencia de la masificación turística, la especulación inmobiliaria, la depredación de los fondos buitre o la ausencia de vivienda social que permita el anclaje de los vecinos a su propia ciudad. Es lo que tiene el capitalismo voraz, monstruo insaciable que solo conoce una máxima: el dinero. Así cantan con pesimismo: «Si el plan urbanístico actual / es privatizar, especular. / Si cada puto metro cuadrado / lo explota un buitre ya. / Si no hay vivienda social / y la tierra cuesta más y más y más y más», al que oponen la idea de acción y lucha: «Disputar este espacio. / Transformar la realidad. / Confiar en un cambio / es proyectar sin miedo. / El futuro sobre plano. / El derecho a la ciudad. / El futuro sobre plano. / Habitar con dignidad».
No es el único momento del disco en el que tiene cabida el tema de la vivienda. En «La gran renuncia» vuelven a la carga con estos versos finales en los que denuncian que las personas deban dedicar la mitad de su sueldo para habitar un pisucho alquilado: «Coqueto piso por el que pagas / la mitad de lo que ganas. / Treinta metros, una ganga. / ¡Y cuánto verde desde la ventana! / ¡Y cuánto verde desde la ventana! / Verde Codere, Vox y Tecnocasa».
A la par que vivimos tiempos en los que la juventud tiene casi vetada la independencia que da vivir bajo un techo propio, también viven los jóvenes encadenados a trabajos las más de las veces precarios que los convierten en meros eslabones productivos para que la gran cadena del sistema capitalista no deje de funcionar. Se les alimenta con la cultura del esfuerzo y con la falaz idea de la meritocracia que permite el éxito laboral. Sin paños calientes, advierten en «La gran renuncia»: «Cuarenta horas a la semana / por un sueldo que se queda en nada. / Te hace fuerte lo que no te mata. / La jornada acaba con arcadas / y una voz en off que no se calla: / Más esfuerzo, bro. / No es suficiente. / Más esfuerzo. / Más compromiso. / Más esfuerzo, bro. / Más sacrificio. / Más, más, más». Pero también reivindican, en un verso clarificador: «Vivir para vivir, no para trabajar».
Insisten en el asunto de la precariedad laboral especialmente en dos temas más: «Espejos de caos» y «Réquiem por un rider». En el primero de ellos se refleja la desproporción entre la preparación de los trabajadores y sus ocupaciones profesionales. Con el añadido, además, de la posterior erosión de las relaciones personales a la que conduce la insatisfacción. Lo personal e íntimo frente a lo social y lo político como dos espejos que se miran y se reflejan de frente igual que extraños que han de convivir antes de romperse y quedar quebrados en el azogue: «Carlos tiene dos carreras. / Vende alarmas para chalés. / Ana un máster, varios idiomas / y hace camas en un hotel. / No se quieren ya, no se soportan, / no se tocan ni con un pie. / Pero cada mes se necesitan / para pagar el alquiler».
El segundo de ellos se configura como una elegía escrita en segunda persona dedicada a los repartidores a domicilio, a los llamados riders, jóvenes –y a veces no tanto–, que se juegan la vida a toda velocidad por las calles de las ciudades a lomos de bicicletas y motocicletas o sobre patinetes eléctricos para que cada cual tenga su pedido en casa cuanto antes, sin abandonar la comodidad del sofá. La deshumanización del consumo humano llevada al extremo: «El tiempo es dinero, ibas contando. / A cuatro pavos netos el pedido entregado. / Saldrías de casa de tus padres en un año. / Te viniste arriba con el Monster y el petardo. / No era tan malo, to’ empezaba a ir rodado. / Conectado siempre a la app y pedaleando. / Pero no viste esa furgoneta de reparto / y fue imposible que evitaras el impacto».
Rematan la faena con la letra de «Agenda 2030», en la que se permiten ironizar sobre la distancia existente entre las promesas institucionales de un futuro mejor y la inestabilidad de los trabajos basura, al tiempo que critican el opio de la tecnología y el capitalismo digital, dos nuevas formas de manipulación que favorecen la evasión inconsciente de quienes se niegan a mirar de frente la dimensión más cruda de la realidad: «Circula libre el capital. / La patria está donde el dinero, libertad. / Vas a pagar por trabajar. / Cierra la fábrica de sueños, a currar».
Ya se ha apuntado que la presión social y laboral puede conducir al desgaste emocional. Faltaba tratar una cuestión de plena actualidad vinculada a ello: las problemáticas relacionadas con la salud mental. Biznaga no se olvida de ella porque sus carencias son consideradas una consecuencia inevitable de todas estas imposiciones y debilidades que minan el bienestar de una juventud que no ve demasiada luz al final del túnel.
Comencemos con la canción «Benzodiazepinas». Estos medicamentos psicotrópicos, cuya función principal es deprimir el sistema nervioso central, se emplean básicamente para el tratamiento de la ansiedad grave y el insomnio. Como todo fármaco, llevan asociados efectos secundarios, tales como pérdida de memoria, somnolencia o dependencia.
Para Biznaga todo se reduce a una medicalización de la angustia social. Si no somos felices y el futuro es una sombra negra que se cierne constantemente sobre el presente, qué queda si no recurrir a medicamentos que nos levanten el ánimo o nos alivien del hecho de estar vivos sin saber muy bien para qué. No ubican el problema en una parte de nuestro organismo, sino en la configuración del despiadado sistema capitalista: «Problema en el sistema, no en el nervioso central. / No es historia triste, si estar triste es lo normal. / Benzodiazepinas y mañana más. / Puedo seguir cuando estoy mal. / Producir en horario laboral. / Y si empiezo a panicar, / mi pastillero semanal / bastará para estar / tranqui, tranqui, tranqui, tranqui. / Dame lo que tengas: Xanax, Valium, Orfidal».
En el penúltimo tema del álbum, titulado «Lorazepam y plataformas», aúnan los conflictos que derivan en una dañada salud mental y la incertidumbre de la globalización, incidiendo, una vez más, en cómo la apisonadora del sistema capitalista no deja resquicio al desarrollo personal de una juventud prisionera de su tiempo y de los condicionamientos heredados: «Somos la generación que vivirá peor que sus padres, / residuos de un sistema en sostenible destrucción. / Somos la juventud quemada en la pira del progreso, / franquicias afectivas de un fondo de inversión. / El pan es Lorazepam; las rosas, plataformas. / Somos la generación más preparada de la historia, / los hijos fracasados de la globalización. / Nuestro horizonte de futuro es un fondo de pantalla, / la experiencia 360 de una disociación».
Pero nadie piense que el disco ¡Ahora! es una inmersión insalvable en el pesimismo más atroz, en la depresión o la autodestrucción por las carencias del presente y la falta de objetivos del futuro. Nada más lejos de la realidad. Biznaga pone sobre el tablero de juego todo aquello que considera fatal para los jóvenes que solo pretenden vivir con la dignidad que merecen y labrarse un porvenir acorde con su preparación, para luego animar a quienes escuchan sus canciones a no lamentarse, a pasar a la acción, a propiciar un cambio, a abrazar la felicidad como forma de vida.
Quizá la canción que se erige como núcleo conceptual del álbum y actúa como tesis y resumen del resto sea «Imaginación política». En ella se apela a la capacidad fabuladora de los seres humanos para generar y construir realidades alternativas que echen abajo los muros del «esto es lo que hay y nada puede hacerse por modificar el estado de las cosas», de que estamos obligados a convivir con lo que nos imponen los poderosos, con el descontento que genera no querer lo que otros han diseñado para nosotros. Adquieren pleno sentido en este contexto los versos del poeta José Agustín Goytisolo dedicados a su hija en el famoso poema «Palabras para Julia», incluido en el volumen de título homónimo del año 1979: «[…] / Un hombre solo, una mujer / así tomados, de uno en uno / son como polvo, no son nada. / Pero yo cuando te hablo a ti, / cuando te escribo estas palabras, / pienso también en otra gente. / Tu destino está en los demás, / tu futuro es tu propia vida, / tu dignidad es la de todos. / Otros esperan que resistas, / que les ayude tu alegría, / tu canción entre sus canciones. / […]». Porque la banda reivindica, igual que hace Goytisolo, la idea de comunidad como ariete para afrontar, resolver y superar las vicisitudes condenatorias de una política liberal, de una economía capitalista inhumana que condena a la soledad.
La letra es inicialmente suave y recuerda que no todo está perdido, que tal vez haya una posibilidad de revertir el orden establecido si se utilizan las herramientas adecuadas, de entrada: la imaginación: «Vamos a hablar de salud mental. / Ochenta la sesión, ¿cómo vas a pagar? / Seguridad social no es seguridad. / Para lo demás, usa Mastercard. / La sociedad se desmorona. / Libertad, qué buen eslogan. / Todo al mismo tiempo en todas partes y mal. / Ja, ja, ja, es gracioso porque es verdad. / ¿Te imaginas que fuera posible otra vida, / que hubiera alternativa a esta deriva?».
Otra arma que Biznaga considera útil el pesimismo, el desencanto, la pasividad y la parálisis social es la alegría. El tema «El entusiasmo» es un canto a la acción, una adopción del júbilo como acto de oposición, resistencia y rebeldía frente a todo lo negativo que ha venido denunciando en el resto de canciones. El apasionamiento por la vida es, a un tiempo, instrumento de ataque y escudo que detiene los golpes: «Tantos deseos, tantas promesas / de un tiempo nuevo que nunca llega. / Vamos afuera a hacer que suceda. / Si hay que morir es de vivir. / Esto es una canción de amor / y una declaración de guerra. / Una canción de amor y acción, / canción de acción directa. / Si el desencanto afecta con razón, / el entusiasmo es la resistencia, / la última expresión / de radical belleza, / una exaltación, / el viento que nos lleva».
En esta misma línea optimista y esperanzadora, Biznaga ensalza la amistad, el compañerismo y el compromiso colectivo en la canción «Las afinidades eléctricas», que toma su título prestado de la novela Las afinidades electivas, del escritor romántico alemán Johann Wolfgang von Goethe. El tema es un elogio a la amistad como motor de esa chispa vital y eléctrica que moviliza nuestros actos: «Quien se olvida de los amigos, se olvida de sí mismo. / Las afinidades eléctricas. / La noche en llamas como un contenedor. / Perdido en calles sin final. / El puño en alto y dentro está tu corazón, / que late como la ciudad. / Quién sabe qué puede pasar / cuando os juntáis en el local. / Quién sabe qué puede pasar / con toda esa electricidad. / La institución llama mala educación / a cuestionar la autoridad. / Y para ti cada canción es rebelión / en contra de la realidad».
Culminan el álbum a lo grande, con un título en el que se incluye el adverbio de tiempo «ahora» en mayúscula para remarcar que es la hora, el momento de conquistar el presente y no dejar para mañana lo que es necesario instaurar ya. Cierre y conclusión, «Ocupar el AHORA» incita a poner en práctica la creatividad y la imaginación política para destruir lo instaurado. Basta de quejas y lamentos, de los estériles clamores de las redes sociales y también de la triste melancolía de, como dijo el poeta Jorge Manrique, «cualquier tiempo pasado fue mejor». La espera pasiva de poco vale, la acción colectiva en las calles, y no en el falso universo digital que nos han vendido como panacea de felicidad, es lo que se impone si se quiere aspirar a un futuro marcado por la dignidad humana y los derechos prioritarios de la juventud, en contra de las masacres injustas de guerras desiguales: «Intergeneracional / como la precariedad / o las ganas de gritar: / ¡AHORA! / Basta un chispazo para incendiar / los eucaliptos, los cuerpos en libertad. / Arde lo natural. / ¿Cómo podemos tolerar / un genocidio emitido en tiempo real? / ¿Qué más puede pasar? / Bastará un chispazo para arder. / Bastará un chispazo para arder. / Si el ayer es una deuda / y el mañana un tipo de interés, / ocupemos el ahora. / El tiempo que nos queda por vivir es ya».
Puede que en el arte no esté de moda el compromiso social ni la lucha contra las injusticias y que las voces de los creadores hayan quedado cercenadas por las imposiciones del mercado. Pero mientras haya bandas como Biznaga, capaces de cantar y gritar a los cuatro vientos que aunque el mundo esté mal no todo está perdido si existe la acción colectiva y la alegría de vivir sin imposiciones externas, habrá esperanza. Porque como escribió Blas de Otero en el poema «En el principio», de su libro Pido la paz y la palabra (1955), cuando todo parece perdido, queda la palabra, o, en el caso que nos ocupa: la música, las canciones.
Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.
Si he sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era mío y resultó ser nada,
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.
Si abrí los labios para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra
Que no tarde demasiado. Que sea aquí y ¡AHORA!.






