Vilagarcía de Arousa, 17 al 19 de julio de 2026. Praia da Concha

El festival al que quieres volver nada más terminar

Hay festivales que creen que crecer consiste en levantar más escenarios, vender más entradas y obligar al público a recorrer kilómetros entre conciertos. Atlantic Fest juega en otra liga. La de los festivales de formato medio, casi pequeño si lo comparamos con los grandes mastodontes del verano, que reúnen en torno a diez mil personas por jornada y todavía permiten disfrutar de la música sin agobios, carreras ni apreturas. En Vilagarcía de Arousa, además, el entorno hace buena parte del trabajo: la Praia da Concha, la arena, el puerto y una arboleda convertida en refugio frente al calor y en una de las zonas más agradables para comer, beber o descansar entre actuaciones.

Sara Fernández

Sara Fernández

Redactora

Fernando Tello

Fernando Tello

Redactor & Photo

Allí se respiraba alegría. No esa euforia impostada que algunos festivales intentan fabricar a golpe de pantallas y patrocinadores, sino la sensación de encontrarse en un lugar amable en el que las cosas funcionaban. Se podía llegar a los conciertos, verlos con comodidad y escucharlos con un sonido bueno, en muchos momentos muy bueno. La música era el centro, pero no lo ocupaba todo: había charlas, actividades infantiles y propuestas pensadas para que Atlantic Fest pudiera vivirse de distintas maneras. La combinación de un cartel excelente, un recinto privilegiado y un ambiente relajado terminó demostrando que no siempre más grande significa mejor.

La música comenzó el viernes a las ocho de la tarde y, desde ese momento, el escenario no concedió un solo descanso. Nadadora regresó para volver a poner banda sonora a nuestras vidas muchos años después, mientras el sol caía sobre el puerto de Vilagarcía. Había algo especialmente hermoso en ese reencuentro: una banda recuperando sus canciones en un paisaje que parecía diseñado para ellas. No fue un regreso discreto ni una aparición sostenida únicamente por la nostalgia. Nadadora volvió a lo grande, recordando por qué sus melodías y su manera de envolverlas en guitarras siguen ocupando un lugar propio.

Después llegó el turno guitarrero de Triángulo de Amor Bizarro. Jugaban en casa y se notó desde el primer golpe. Convertidos ahora en trío y presentando Mi catedral, demostraron encontrarse en uno de los mejores momentos de su trayectoria. El nuevo disco abre otra etapa, pero no rebaja ni un grado la electricidad, la oscuridad y el ruido que siempre han formado parte de su identidad. Sonido, actitud y canciones volvieron a avanzar como un bloque. Pocas bandas españolas manejan de esa manera la tensión de un directo ni consiguen que la distorsión resulte al mismo tiempo violenta y hermosa.

Carolina Durante tomó el relevo con la intención de no dejar nada en pie. Los madrileños siguen actualizando su oficina y, concierto tras concierto, han ido puliendo un sonido que ahora resulta prácticamente impecable. Es posible pensar que la fórmula necesita nuevas canciones para no acercarse a su fecha de caducidad, pero sobre el escenario continúan despejando cualquier duda a base de fuerza. Temas como Normal o Las canciones de Juanita se integraron en un repertorio que el público reconoce de inmediato. Cada vez suenan más compactos y su energía avanzó por la Praia da Concha como una marea, llevándose por delante cuanto encontraba.

Two Door Cinema Club puso la guinda al viernes con un concierto sólido y un repertorio concebido para un festival. No era la noche para rebuscar en las esquinas menos conocidas de su discografía, sino para encadenar esas canciones que el público espera y convertir la madrugada en una celebración colectiva. La gira conmemorativa de Tourist History mantiene en primer plano el disco que los lanzó, un arsenal de pop bailable en el que viven I Can Talk, Something Good Can Work, Undercover Martyn o What You Know. Los norirlandeses entendieron perfectamente el contexto y resolvieron su actuación con oficio, precisión y una colección de hits difícil de discutir.

El sábado era la jornada fuerte y comenzó cuando el sol todavía caía a plomo. Alonso apareció sobre el escenario alrededor de las dos de la tarde ante poco público, pero con la disposición de tocar lo que se le pidiera. Alonso Díaz Carmona suena bien y está rodeado por músicos capaces de seguirle a cualquier lugar. Recuperó canciones de Napoleón Solo y dejó la sensación de que, si desde abajo le hubieran solicitado cualquier otra, también habría encontrado la manera de tocarla. Su concierto tuvo algo cercano y despreocupado, una apertura sin artificios para una jornada que todavía tenía mucho que ofrecer.

Nacho Vegas hizo después lo que sabe hacer a las mil maravillas. El de Xixón continúa manejando la canción de protesta sin convertirla en consigna vacía: observa, señala y deja que cada palabra encuentre su sitio. Alivio, Fíu, Deslenguarte o Cómo hacer crac fueron dando forma a un repertorio sobrio y afilado. Uno de los grandes momentos llegó con Abraham Boba, que se unió a La pena o la nada antes de que La gran broma final condujera el concierto hacia su desenlace. Fue una actuación enorme, construida desde la palabra, la tensión y una banda que sabe perfectamente cuándo empujar y cuándo retirarse.

Depresión Sonora comprimió veinte canciones en poco más de una hora. No hubo tiempo para respirar, pero tampoco lo necesitaban unos seguidores que ya no se acercan por curiosidad: la banda tiene verdaderos fans y se nota. Marcos Crespo ha ido dando cuerpo a un proyecto que en formato de banda completa suena más redondo, compacto y contundente. Estupefacientes, Generación perdida, diversión prohibida, Cómo será vivir en el campo, Fumando en mi funeral o Ya no hay verano se sucedieron antes de terminar incendiándolo todo con Gasolina y mechero. La velocidad del repertorio no impidió apreciar cuánto ha crecido la propuesta.

A las siete de la tarde, Shame entró con la idea de tumbar el escenario y estuvo muy cerca de conseguirlo. Los londinenses convirtieron su turno en una descarga de canciones rápidas y efectivas, con bastante más punk que rock y una actitud propia de auténticos líderes de jornada. Charlie Steen volvió a ejercer de maestro de ceremonias de un grupo que entiende el directo como un lugar de fricción, no como una reproducción educada de sus discos. Cutthroat resumió bien esa voluntad de atacar cada canción sin reservas. Sonaron fuertes, potentes y sólidos. Tener una banda así a esa hora de la tarde fue uno de los grandes lujos del cartel.

Para cuando Carlos Ares salió de su palloza, la Praia da Concha ya se encontraba llena. El gallego se ha convertido en una referencia para buena parte del público y afrontó la cita en casa con seriedad y mucho oficio. Su propuesta ha crecido desde Peregrino y encontró una nueva dimensión en La boca del lobo, pero es sobre el escenario donde termina de comprenderse. Detrás lleva una banda que no deja un solo hueco en las canciones, capaz de llenar cada espacio sin convertir el concierto en una demostración innecesaria. Ares sabe construir una puesta en escena, pero también sostenerla con música.

La noche había entrado definitivamente en el festival cuando Los Planetas volvieron a impartir la enésima lección sobre distorsión, shoegaze y canciones capaces de sobrevivir a varias generaciones. Están mejor que nunca, o al menos tan bien como para seguir defendiendo que son uno de los mejores grupos de la historia de nuestra música. Abrieron con Segundo premio y fueron enlazando Qué puedo hacer, Espíritu olímpico, Corrientes circulares en el tiempo, Santos que yo te pinte y Un buen día. También hubo espacio para Pesadilla en el parque de atracciones y para una inesperada y celebradísima La caja del diablo, antes de un tramo final con Islamabad, Db y De viaje.

El repertorio funcionó porque atendía a lo que la mayoría quería escuchar sin convertir el concierto en un ejercicio automático de nostalgia. Incluso sobre el escenario se les veía disfrutar algo más de lo habitual, quizá contagiados por un público que terminó feliz con lo que veía y, sobre todo, con lo que escuchaba. Los Planetas no necesitan sobreactuar. Les basta con dejar que las guitarras crezcan, que la voz de J se abra paso entre ellas y que las canciones hagan el resto.

Franz Ferdinand cerró el sábado demostrando qué significa ser un verdadero cabeza de cartel. Todo es bueno en ellos: la planta, el baile, la puesta en escena y, por encima de todo, la sucesión casi insultante de grandes canciones. Comenzaron con The Dark of the Matinée y No You Girls, y desde ahí construyeron un concierto en el que los temas recientes de The Human Fear —Bar Lonely, Hooked, Build It Up, Audacious o Night or Day— convivieron sin complejos con Walk Away, Michael, Do You Want To, Ulysses o Take Me Out.

Alex Kapranos domina el escenario con una naturalidad que no se aprende y la banda resuelve cada movimiento con una solvencia absoluta. Darts of Pleasure, Outsiders y un cierre con This Fire terminaron de poner la Praia da Concha patas arriba. Fue un hit tras otro, pero también algo más: la demostración de que un repertorio popular no funciona únicamente porque el público conozca las canciones, sino porque quienes las interpretan continúan creyendo en ellas. Franz Ferdinand fueron los verdaderos cabezas de cartel y no tardaron ni cinco minutos en dejarlo claro.

Atlantic Fest todavía guardaba un epílogo para el domingo. La música abandonó la playa y se trasladó a la Praza do Castro, donde Aiko el Grupo apareció a las doce y media para demostrar que difícilmente pueden ser mejores. Potencia, guitarras, letras, fuerza y una cantidad de seguidores que ya no permite hablar de ellas como un secreto. El ambiente era magnífico, había exactamente la gente que tenía que haber y el calor apretaba lo justo para recordar que seguíamos en pleno julio. Todo encajó en uno de esos conciertos que parecen caóticos, pero que en realidad tienen muy claro adónde quieren llegar. Perfecto para terminar con los chicos jugando al futbito y las chicas haciendo lo que les diera la gana.

Joe Crepúsculo remató la mañana poniendo la plaza patas arriba y ofreciendo otra lección de música de baile. Lo suyo sigue siendo una celebración extraña y completamente reconocible, un lugar en el que la electrónica, el pop, el humor y la pista se mezclan hasta borrar cualquier resistencia. Hay conciertos que se valoran desde el sonido o desde la ejecución y otros que se miden por la cara con la que sales de ellos. Del de Joe Crepúsculo se salía con una sonrisa de oreja a oreja.

Ese fue también el mejor resumen posible de Atlantic Fest 2026. Un festival sin agobios, con buen sonido, un cartel construido con criterio y un entorno espectacular que no funciona como simple decorado, sino como parte de la experiencia. Durante tres días, Vilagarcía de Arousa demostró que todavía es posible reunir a miles de personas alrededor de la música sin someterlas a una carrera de obstáculos. El sabor final fue tan bueno que, apenas terminada la última canción, daban ganas de regresar a la playa y comenzar el festival otra vez.