Albacete, 18, 19 y 20 de junio de 2026. Recinto Feria de Albacete
EL FESTIVAL QUE YA NO TIENE NADA QUE DEMOSTRAR
Albacete ya tiene su ritual de verano. Hay festivales que todavía están buscando qué quieren ser. Y luego está Antorchas, que en cinco años ha dejado de hacerse preguntas. Este 2026 ha vuelto a llenar el Recinto Ferial con más de 26.000 personas y una sensación bastante clara: esto ya no es una apuesta, es una costumbre de verano en Albacete.
El jueves abrió con Marlena y Hoonine, pero el fin de semana empezó realmente cuando el sol del viernes cayó sin mucha intención de dar tregua.
Borja Peinado
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María Rueda
Redactora
A las siete de la tarde, el calor no invitaba precisamente a quedarse quieto. Y aun así, había gente delante del escenario. Carlos Ares apareció en ese punto del día en el que todo parece cuesta arriba… y consiguió lo contrario. Poco a poco, el recinto fue entrando en su mundo hasta acabar con Peregrino convertido en algo que ya no era solo su canción. Era del público. Con el ambiente ya cambiado, Rigoberta Bandini convirtió el escenario en otra cosa: más fiesta que concierto, más caótica, más libre, más ella. Chupitos entre el público, bromas y por supuesto no podían faltar himnos coreados por todo el público. La intensidad del día no bajó, solo cambió de forma con Sanguijuelas del Guadiana, que volvieron a demostrar que su directo crece concierto a concierto. Cada vez con más público delante y con Revolá y 100 amapolas convertidas en auténticos coros colectivos.
Y cuando La M.O.D.A. apareció, el viernes dejó de ser una sucesión de actuaciones para convertirse directamente en una masa. No había bordes claros entre escenario y público. Era todo lo mismo. La M.O.D.A. siempre acaba tocándome el corazoncito, da igual las veces que los vea. Tampoco faltó el punto internacional del viernes con We Are Scientists, de esos conciertos que aparecen siempre en algún punto del verano sin necesidad de explicación. Y claro, acabas cantando Nobody Move, Nobody Get Hurt aunque no supieras que la sabías. Después llegaría Ginebras, que a estas alturas ya son una garantía de buen rollo. Da igual el festival o las veces que las hayas visto: siempre consiguen que acabes bailando y cantando como si fuera la primera.
El sábado Ojete Calor hicieron lo suyo: convertir el absurdo en algo completamente central. No hay mucho que explicar ahí. O entras o te quedas fuera. Y dentro, lo que pasó con la aparición de “The real Maribel” durante Qué bien tan mal fue directamente una explosión colectiva de risa. El ambiente se mantuvo en esa línea con Carolina Durante, que apretaron el festival sin rodeos. Guitarras, pogo, gritos y la sensación de estar dentro de un concierto que no deja respiro. De los que te enganchan aunque vayas con la energía justa. De los conciertos más sólidos del fin de semana, sin duda. Sidecars juntaron a un público muy diverso, con un concierto muy seguido y coreado por varias generaciones que se mantuvieron fieles durante todo el repertorio. Apenas había margen para el descanso: a las 00:00 el ambiente seguía lleno de gente moviéndose entre escenarios porque a las 00:30 esperaba Zahara con su formato Rave, obligando a muchos a cambiar de sitio casi sin pausa. Zahara Rave fue una de las grandes sorpresas del festival. Quien esperaba su versión más de concierto tradicional se encontró con algo completamente distinto. Lo que antes era un recinto de conciertos se convirtió en otra cosa: luces, electrónica, movimiento constante y a Zahara completamente libre bailando entre el público.
Pero Antorchas no vive solo en los escenarios. También está en lo que no se nota: en unas barras que funcionan incluso en horas punta, en un Templete Food Market que ya es parte del recorrido natural del público, y en una GastroExperience que sigue ampliando lo que significa venir aquí. Y si algo se puede señalar, no es tanto un problema como una consecuencia: el escenario principal, en los momentos de máxima afluencia, se vuelve difícil de atravesar. Es el tipo de cosa que aparece cuando un festival crece más rápido que sus propios espacios. Cuando todo termina, queda la sensación de haber formado parte de algo que ya no está en construcción, sino consolidado. Antorchas ya no parece necesitar demostrar nada, simplemente ocurre y cada año crece un poco más. Y, siendo de Albacete, es imposible no sentir orgullo al ver cómo el festival ha llenado la ciudad de vida y se ha convertido en una cita que ya sentimos bastante nuestra.