La epístola como recurso narrativo en Querida Milagros de El último de la fila

Son estos, sin duda, como cantaban Golpes Bajos, malos tiempos para la lírica. Pero, ¿cuándo fueron buenos si tantos son quienes desean con frenesí la reescritura histórica de una mal entendida épica a mayor gloria de sus siniestras figuras?

La Historia es cíclica, se repite. La estupidez humana, sin embargo, es a ratos lineal y a ratos circular, siempre infinita. Incapaces de valorar los tiempos de paz y bienestar que suceden a las grandes tragedias humanitarias que ellos mismos provocan, los hombres poderosos y sus marionetas, ahítos de testosterona y ávidos de protagonismo, se obstinan, por cuestiones meramente económicas y beneficios personales, en atizar el fuego del odio y alimentar al monstruo voraz de las guerras en las que, indefectiblemente, son otros los que mueren para llevarse el dudoso honor de las medallas que un día serán herrumbre y ganar la tierra en que serán sepultados en aras del olvido.

Tras el contundente alegato antibelicista que supone el prólogo de la magnífica película Remordimiento (Broken Lullaby, 1932) de Ernst Lubitsch, el protagonista, un soldado aliado que ha matado a uno alemán en la I Guerra Mundial, rememora, vía flashback, el momento en el que el enemigo murió en sus brazos. A su lado ha caído un librito sobre Beethoven. Entre sus páginas, se encuentra la última carta que le ha escrito a su prometida, aún sin firmar.

Fernando Molero

Fernando Molero

Redactor

He aquí el contenido de la misma:

Querida Elsa. Aquí estoy en las trincheras. En cualquier momento comenzarán el ataque. Tengo un revólver, un fusil, una bayoneta y una granada. Pero, ¿por qué? No lo sé. ¿A quién voy a matar y para qué? Viví dos años en París. Quería a los franceses. Ahora he de matarlos. El ruido se hace insoportable. ¿Cuánto tiempo me queda de vida? Y cuando muera, ¿de qué servirá? Elsa, prométeme una cosa. Si algo me pasara, Elsa, no dejes que nada te impida ser feliz o mi muerte será aún más amarga. No le enseñes esta carta a mis padres, les asustaría. Quizá nunca la recibas. El ruido es ensordecedor. No te lo imaginas. Los franceses se han lanzado. Va a ser una batalla terrible. Pero no pueden matarnos a todos. Algunos sobreviviremos. Quizá tenga suerte. No puedo seguir escribiendo. La tierra se estremece. Adiós. Adiós. Walter[1].

Desde ese preciso instante, el soldado superviviente se percibe a sí mismo como un asesino que ni siquiera encuentra consuelo en las palabras de un sacerdote que le recuerda que solo hizo su deber, como si matar al prójimo en una guerra fuera un deber divino. Él, que tocaba el violín y amaba la belleza, se vio inmerso en una contienda bélica que no había elegido y para la que no estaba preparado, pues jamás estuvo en su ánimo matar a un semejante, por muy enemigo de su patria que fuera su gobierno. Lo resume a la perfección la siguiente frase extraída también de la película: «Los niños alemanes aprenden francés y los niños franceses, alemán. Luego, de mayores, nos obligan a matarnos».

Ahora que el ardor guerrero de genocidas y peligrosos megalómanos desestabiliza el mundo por intereses espurios, las guerras vuelven a estar de moda y las cartas son un medio de comunicación casi en total desuso –extinto sería una palabra más adecuada–, nada mejor que acudir a la canción Querida Milagros de El último de la fila para ilustrar lo que es un himno musical antibelicista en toda regla que nos recuerde que la paz y el diálogo son siempre mejor opción que las armas, la destrucción y la muerte sin sentido.

Sirva, pues, este tema incluido en el álbum debut del dúo formado por Manolo García y Quimi Portet titulado Cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana (1985), para poner en valor el potencial literario y comunicativo de la carta como motor narrativo para contar una historia.

[1] Texto extraído de la película Remordimiento (Broken Lullaby, Ernst Lubitsch, 1932)

El género epistolar, es decir, el basado en el intercambio escrito a través de cartas fundamentalmente, que permite un diálogo diferido en el tiempo y el espacio entre emisor y receptor, ha dado obras literarias tan importantes y conocidas como Las penas del joven Werther, de Goethe; Drácula, de Bram Stoker; Las amistades peligrosas, de Choderlos de Laclos; Cartas persas, de Montesquieu; 84, Charing Cross Road, de Helen Hanff; o Pobres gentes, de Fiodor M. Dostoyevski. También en nuestra cultura literaria existen libros que podrían encuadrarse en dicho género como Pepita Jiménez, de Juan Valera; Cartas marruecas, de José Cadalso, Desde mi celda, de Gustavo Adolfo Bécquer; o La tesis de Nancy, de Ramón J. Sender.

Y aunque hay canciones que acogen la estructura específica de la carta para narrar sobre todo historias de amor dedicadas a la persona amada, a la madre, a un ídolo, a un amigo o a Dios, caso de P.S. I Love You, de The Beatles (1962); de Stan, de Eminem (2000); de Letter To Hermione, de David Bowie (1969); de Dear God, de XTC (1986); de Famous Blue Raincoat, de mi admirado Leonard Cohen; de Lo siento, de Laura Pausini: «Por eso estoy en esta carta tan confusa, / para contar algo de paz en lo que pienso, / no para reclamarte ni pedirte excusas. / Es solo para decirte, mamá, ¡lo siento! / Y no es verdad que yo me sienta avergonzada. / Son nuestras almas tan igual, tan parecidas. / Esperaré pacientemente aquí sentada. / Te quiero tanto, mamá. / Escríbeme. / Tu hija»; o de Juan Luis Guerra y los 4.40 en Carta de amor: «Querida mujer (dos puntos) / No me hagas sufrir (coma) / hoy me decido a escribirte cartas de amor sincero, / tú lo ves, / tu cariñito es un agujero/ que me atraviesa el querer, / y sin tus besos en mi chaleco, / nada me cubre la piel. / (punto y seguido)», quizá Querida Milagros sea un referente en la música pop española, no solo por recurrir a la epístola como forma de escritura, sino también por la profundidad temática de corte social del tema en cuestión.

La canción comienza con un narrador en 1ª persona del plural, un narrador que usa el «nosotros» para referirse al conjunto de soldados que han de asumir la voz introductoria. Es la tropa en su conjunto quien ejecuta y narra una acción rutinaria tras la batalla: «Esta mañana al salir a patrullar, / hallamos muerto al soldado Adrián. / Como manda el reglamento, procedimos a buscar / los objetos que llevara. / Solo hallamos esta carta».

Esta primera estrofa ya nos sitúa en un contexto bélico con unos personajes desindividualizados y pone el foco en un compañero muerto (este sí con nombre: Adrián) y en un objeto concreto como única pertenencia de auténtico valor: una carta. Tras estos versos que sirven de pórtico al verdadero asunto, el punto de vista cambia, muta el narrador, y esa indefinida 1ª persona del plural deja de hacerse cargo del relato, cede la voz a una 1ª persona del singular, a un «yo» que enseguida identificamos con el soldado Adrián. El muchacho le ha escrito a su amada una carta premonitoria en la que vislumbra en un horizonte próximo su propia muerte.

La destinataria de la misiva responde al nombre de Milagros. Toda una declaración de intenciones también, ya que se necesita un milagro para la salvación y para la comunicación entre el soldado que está a punto de morir y muere y esa mujer de la que nada sabemos salvo lo que nos cuenta el soldado Adrián.

El tiempo, ese cruel constructo humano, se dilata cuando de sufrir se trata: «Querida Milagros, llevo seis días aquí. / Te echo de menos, no puedo vivir sin ti».

Dos versos bastan para realizar una declaración de amor. Cuatro para expresar la soledad y el miedo ante lo desconocido, ante la más que evidente devastación de la guerra: «He visto las explosiones brillando a mi alrededor. / Tengo miedo, no lo oculto, solo me queda tu amor. / Por ahora la suerte me ha sonreído. / Necesito verte, aquí no hay amigos».

El sinsentido de una movilización bélica impuesta, no deseada por quienes participan en ella, en la que se envía a gente joven a luchar, matar o morir por estúpidas entelequias como frontera, religión o patria, adquiere su razón de ser en los dos siguientes versos: «No estaría de más que alguien me explicara / qué tiene esto que ver contigo y conmigo».

En una manifiesta estructura paralelística, la tercera estrofa alude de nuevo a Milagros, y apela, una vez más, al futuro, un tiempo incierto que no depende de las elecciones propias sino de peligrosas fuerzas ajenas: «Querida Milagros, queda tanto por vivir. / Sería absurdo dejarse la piel aquí».

A partir de este instante, la muerte se apodera del relato, primero como premonición, enseguida como siniestra metáfora, animalizada en la aparente figura de algo parecido a un buitre al acecho para devorar los restos de la carroña en la que se verá convertida la carne desposeída de su humana condición: «Querida Milagros, aún no he podido dormir. / un sueño frío me anuncia que llega el fin». Introduce el narrador el «tú» para hacerlo partícipe de ese momento de desolación, para que acepte la portavocía que comunica el desastre, el dolor, la muerte, en definitiva: «Cuando leas esta carta, / háblales a las estrellas. / Desde que he llegado aquí / solo he hablado con ellas. / He visto a los hombres / llorar como niños. / He visto a la muerte como un ave extraña / planear en silencio sobre los caminos, / devorar a un sol que es tuyo y es mío».

¿Quién sobrevivirá?

La canción remite al comienzo con la queja del soldado Adrián de que lleva solo seis días en el frente y no puede vivir sin la presencia de Milagros, con la certeza y la convicción de que nadie o casi nadie se salvará del desastre, de que muchos perecerán luchando en el frente, en el campo de batalla, para defender los intereses de otros: «Querida Milagros, llevo seis días aquí. / Muchos han muerto, casi todos morirán».

Llega la hora de la despedida. Y así como toda carta posee un remitente, un destinatario y un cuerpo del mensaje, también debe contar con su correspondiente encabezado y su despedida, fórmulas más o menos convencionales con las que abrir y clausurar el discurso: «Querida Milagros, me tengo que despedir. / Siempre te quiere: / tu soldado Adrián».

En dicha despedida no hay ni rastro de esa muerte anunciada. Pareciera que la epístola musical fuera un hasta luego, un hasta pronto. Pero entonces uno recuerda el principio de la canción, ese «nosotros» de los compañeros que nos obliga a enfrentarnos de nuevo a la muerte del soldado Adrián, que es solo un cadáver más de los muchos que abonarán la tierra tras las explosiones, tras la caída de las bombas, tras la huella de las armas creadas por los hombres para matar a otros hombres. Como en Cónica de una muerte anunciada, la magnífica novela de Gabriel García Márquez, sabemos que tanto el desconocido Adrián de la canción como el Santiago Nasar del libro son personajes que están muertos desde el comienzo. 

Querida Milagros es solo una canción, una narración en formato epistolar en el que se realiza una denuncia antibélica que es bueno y pertinente recuperar en estos tiempos que corren (más aún cuando los componentes de El último de la fila, después de décadas separados en las que han continuado con sus carreras en solitario, se han vuelto a reunir para girar por media España en este 2026), porque resulta imposible no defender la vida y oponerse con todas nuestras fuerzas a quienes la violentan, a quienes generan guerras para que otros las sufran por intereses bastardos.

«La vida no vale nada cuando otros se están matando / y yo sigo aquí cantando cual si no pasara nada. / La vida no vale nada si escucho un grito mortal / y no es capaz de tocar mi corazón que se apaga», cantaba Pablo Milanés.

«Tristes guerras / si no es amor la empresa. Tristes, tristes. / Tristes armas / si no son las palabras. / Tristes, tristes. / Tristes hombres / si no mueren de amores. / Tristes, tristes», escribió Miguel Hernández.

Mil veces antes el respeto al otro, al diferente. Mil veces antes el amor («de la clase que sea», como cantan Viva Suecia) que la desolación, la devastación y la muerte provocadas por aquellos que dicen defender la libertad y la vida y se dan golpes en el pecho mientras escuchan en los púlpitos de sus distintas religiones la palabra de Dios: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» o «No matarás».

Una y mil veces: ¡No y no a la guerra, a cualquier guerra, a todas las guerras! Sobre todo a las impuestas sin motivo por aquellos que ostentan el poder supremo y lo ejercen sin piedad ni conmiseración sobre los más débiles, sobre los desfavorecidos de la Tierra.