Madrid, 27 de febrero de 2026. Sala Maravillas
El pasado viernes 27 de febrero varias personas hacían cola a las puertas de la Sala Maravillas de Madrid para ver a Moundrag. Según comentaban algunos de los allí presentes, auténticos seguidores del dúo bretón, esta era su segunda visita a la capital. Muchos ya habían estado en su anterior concierto, en octubre de 2023, y quedaron fascinados con el espectáculo.
De hecho, el nombre de Moundrag es un anagrama de “organ” y “drum”, dejando claro desde el principio cuáles son los únicos instrumentos de la banda. Los hermanos Camille y Colin Goelläen comenzaron tocando con un grupo de rock al uso, pero pronto optaron por la formación de dúo, más fácil de manejar viviendo en un pueblo pequeño y, además, porque así todo queda, como ellos dicen, “en famille”.
Celia Martín
Redactora
Daniel Cánovas
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Curiosamente, su propuesta atrae tanto a fans del hard rock progresivo de los años 70 como a seguidores de un rock duro más moderno, donde el órgano no suele ser protagonista, lo que demuestra que la banda ha logrado su objetivo.
Moundrag se hicieron de rogar y no subieron al escenario hasta casi 50 minutos después de la apertura de puertas. Aprovechamos la espera para curiosear el equipo. La peculiar distribución de la Sala Maravillas juega a favor de su formato: el escenario, a tan solo un palmo del suelo y situado en un lateral del espacio alargado, permite rodear a los músicos como si se tratara de un ring de boxeo.
A la izquierda, el imponente Hammond de Camille, conectado a una pedalera de efectos capaz de impresionar a cualquier teclista y, por supuesto, a un auténtico altavoz Leslie de un metro de altura. Camille llevaba, además, un sintetizador enchufado a un amplificador de bajo para hacer de bajista con la mano izquierda. A la derecha, la batería de Colin, parapetada no por uno, sino por dos gongs integrados en su estructura metálica.
Cuando Moundrag subieron finalmente al escenario, su vestuario estaba en perfecta sintonía con la estética setentera de sus instrumentos: pantalones de pierna ancha y camisas con brillos, flecos y mangas acampanadas. Los dos hermanos lucen melena larga, por supuesto, y Colin añadió un guiño explícito al rock progresivo francés con un colgante con el símbolo de Magma.
Durante la hora y cuarto siguiente, la música no dio tregua. Moundrag no son muy dados a las pausas entre canción y canción; el rugido del Hammond permanece como un hilo conductor constante. Poco a poco, el concierto fue adoptando la forma de un ritual satánico: los hermanos Goelläen cantan al demonio mientras clavan su mirada demente en las primeras filas, con una sonrisa diabólica que inquieta y, al mismo tiempo, invita a sumarse a la ceremonia.
Moundrag repasaron temas tanto de su último disco, Deux (2025), como del primero, Hic Sunt Moundrages (2022), recreándose en riffs heavies de órgano repetidos en bucle para asegurarse de que el público saliera con principios de tortícolis tras tanto headbanging. Canciones como Demon Race, Changes o The Caveman evidencian la fuerte influencia de bandas como Emerson, Lake & Palmer o Deep Purple, donde el órgano soporta más distorsión que cualquier guitarra.
Hacia el final del concierto, Camille llegó a gritar que no hacen falta guitarras para hacer rock duro. Una reivindicación más pertinente que nunca en una época en la que aquellas bandas de los primeros setenta han quedado casi relegadas al olvido y los teclados, en la mayoría de casos, reducidos a meros colchones sonoros. En la Maravillas, desde luego, nadie echó de menos ni guitarra ni bajo: solo órgano y batería bastaron para hacer temblar el suelo.
De los dos hermanos, Colin es el que da más miedo. Aprovechó los momentos en los que no tenía que estar tras la batería para bajar a cantar en medio del público y embrujar a los asistentes con sus ojos de loco.
El bis del concierto fue el plato fuerte: Moundrag tocaron The Hangman y Colin se colgó una pandereta al cuello, cual bufón condenado, que mantuvo durante toda la canción, incluso tocando la batería. Cerraron la noche con un homenaje a Black Sabbath, compañeros en espíritu satánico, interpretando War Pigs. Hay que tener una voz poderosa para atreverse con el tema de Ozzy, pero lo cierto es que les quedó idéntica. Y, por si faltaba algo, Colin se lanzó al público y flotó unos segundos sobre las cabezas, demostrando que no hace falta tocar en un estadio para que la audiencia te salve del suelo.
El show de Moundrag se parece a entrar en una casa del terror: escalofriante y divertidísimo. Salimos con las pilas recargadas y cierta sed de sangre. Con los conciertos de este fin de semana, los hermanos Goelläen cierran su gira por España y regresan a Francia para seguir defendiendo el poder agresivo de un buen órgano Hammond. ¡Larga vida al rock!