Portas-Azucreira, 9, 10 y 11 de julio de 2026
cuando el granizo también quiso entrar en el cartel
Fotos: Álex Coubert
Hay festivales que se recuerdan por un concierto. Otros, por una canción. La edición de 2026 de PortAmérica será recordada, además, por una tormenta que durante unos minutos pareció desafiar a toda una comunidad dispuesta a no dejar de celebrar la música. Ni la lluvia torrencial ni el granizo lograron romper el pulso de un festival que volvió a convertir la Azucreira de Portas, entre el 9 y el 11 de julio, en uno de los grandes epicentros culturales del verano.
Porque PortAmérica hace tiempo que dejó de ser únicamente un cartel de artistas. Es una experiencia que se mueve entre escenarios, fogones, libros y conversaciones, donde el público encuentra tantas razones para quedarse como propuestas para descubrir. Esa mezcla de música, gastronomía, pensamiento y compromiso social sigue siendo la identidad de un evento que ha conseguido ocupar un espacio propio dentro del calendario festivalero español.
Carlos Puyol
Redactor
Vanessa López Izquierdo
Redactora
La primera jornada arrancó con una de las actuaciones más esperadas. Rigoberta Bandini abrió el festival con un directo celebrado por un público que llevaba meses esperando ese momento. A partir de ahí, el relevo pasó por las voces de Fillas de Cassandra, la energía de The Rapants, el desenfado de Niña Polaca y la sensibilidad de Marina Reche, configurando un primer día que confirmó la diversidad estilística como una de las señas de identidad del festival.
El viernes, el público tenía un ojo en los móviles ya que España jugaba frente a Bélgica en los cuartos de final del mundial y el ambiente se hacía palpable con numerosas camisetas de la selección española entre los asistentes. La fiesta fue total ya que cuando Carlos Tarque cantaba las últimas canciones de su repertorio junto a su banda, M-Clan, se consumó la victoria y el pase a semifinales. Era el turno de nombres capaces de reunir a varias generaciones frente al mismo escenario. Los Hombres G desataron la nostalgia colectiva con un repertorio convertido ya en patrimonio del pop español. Previamente a las dos míticas bandas españolas, apareció la figura de Eliades Ochoa, leyenda viva de la música cubana, demostrando que PortAmérica sigue mirando a ambos lados del Atlántico con la misma naturalidad con la que mezcla estilos y culturas.
La jornada del sábado reservaba otro de los grandes reclamos de esta edición. Amaia, Dani Martín, Xoel López, Instituto Mexicano del Sonido y Nortec: Bostich + Fussible encabezaban una programación pensada para cerrar el festival por todo lo alto. Sin embargo, el cielo decidió escribir su propio guion.
A media tarde, una tormenta descargó con fuerza sobre el recinto. La lluvia dio paso a una intensa granizada que obligó a detener el ritmo del festival durante aproximadamente una hora. Bajo las escasas zonas cubiertas, miles de asistentes compartieron refugio mientras técnicos y organización protegían equipos, instrumentos y escenarios. Fue uno de esos momentos en los que un festival demuestra su capacidad para sobreponerse a lo inesperado. Cuando las nubes comenzaron a retirarse, el público regresó a su sitio con la misma determinación con la que había esperado el regreso de la música. Los conciertos continuaron y el temporal quedó reducido a una de esas historias que terminan alimentando la memoria colectiva de cada edición.
Pero mientras sobre los escenarios sonaban guitarras, sintetizadores y estribillos coreados por miles de personas, PortAmérica seguía ofreciendo motivos para recorrer el recinto más allá de los conciertos. El espacio ShowRocking volvió a convertirse en una parada obligatoria. Bajo la coordinación de Pepe Solla, algunos de los cocineros más reconocidos del panorama gastronómico acercaron la alta cocina al formato festival con tapas de autor a precios populares. Una propuesta que, lejos de ser un complemento, forma ya parte del ADN del evento.
La programación cultural volvió a ampliar los márgenes del festival. Presentaciones de libros, encuentros con escritores y espacios de diálogo convivieron con actuaciones de colectivos sociales, exhibiciones de baile y actividades familiares, reforzando la idea de que PortAmérica no solo programa conciertos: construye un lugar de encuentro donde distintas disciplinas encuentran un escenario común.
Ese mismo espíritu se reflejó también en las medidas de accesibilidad y compromiso social. Espacios adaptados para personas con trastorno del espectro autista, cascos de reducción de ruido, zonas de descanso, señalización mediante códigos QR o servicios destinados a familias compartieron protagonismo con iniciativas solidarias como la donación de la recaudación del aparcamiento a la Asociación Española Contra el Cáncer y la previsión de destinar los saldos no reclamados de las pulseras cashless a UNICEF.
Mientras tanto, fuera del recinto, la comarca vivía otro festival. Hoteles completos, restaurantes con lleno absoluto y comercios multiplicando su actividad evidenciaron el impacto económico que acompaña cada edición. Cerca de 20.000 personas por jornada volvieron a convertir Portas en un punto de encuentro para visitantes llegados desde distintos rincones de España y del extranjero, consolidando a PortAmérica como uno de los grandes motores turísticos del verano gallego.
Al finalizar los tres días quedaba una sensación compartida entre artistas, organización y público: la de haber vuelto a participar en un festival que entiende la cultura como un espacio abierto donde caben la música, la cocina, la literatura y la solidaridad. En una edición marcada por un inesperado chaparrón de hielo, PortAmérica volvió a demostrar que, cuando la propuesta tiene personalidad, ni siquiera el granizo consigue bajar el volumen.