El mejor día de la semana: glorificación de los viernes en algunas canciones españolas

Con quince años me diagnosticaron hepatitis. Además de la supresión de determinados alimentos y la prescripción de algunas medicinas, el médico me recetó reposo durante un mes. Fueron, en el recuerdo, los días más felices de mi vida. Estudiaba entonces 1º de BUP y trabajaba en el restaurante de mis padres. Aquella gran mala noticia supuso que tuve que abandonar todas mis obligaciones, tanto las laborales como las académicas, y recluirme a solas en una de las muchísimas habitaciones de mi casa sin más ocupación que entregarme a los placeres sencillos, a la ataraxia y la indolencia de ver la vida pasar.

Fernando Molero

Fernando Molero

Redactor

No había entonces clases online, ni videojuegos, ni móviles, ni ordenadores, ni Internet, ni un televisor de plasma a todo color en cada cuarto. Solo tenía imaginación espoleada por el aburrimiento, libros, cómics y una incipiente colección de vinilos para entretenerme, aprender o matar el tiempo. Que recuerde aún no me había dado por la escritura.

Con el tiempo descubrí que en el pasado muchos autores aprovecharon largos periodos de convalecencia para entregarse a lecturas que posteriormente les despertaron su vocación literaria. Es el caso de Como Camilo José Cela, que entre los quince y dieciséis años sufrió una tuberculosis pulmonar que le obligó a recluirse en el sanatorio de Guadarrama. Fruto de aquella experiencia publicó, en 1943, Pabellón de reposo. A Thomas Mann, sus problemas pulmonares, los de su esposa Katia y sus ingresos en distintas clínicas de recuperación, le inspiraron la escritura de su obra cumbre, La montaña mágica. Y Marcel Proust, que aquejado de asma crónico desde su más tierna infancia se vio abocado a una vida sedentaria que desembocaría en la larguísima creación de En busca del tiempo perdido.

Pero esas, como nos enseñó Michael Ende en La historia interminable, son otras historias.

Me pasé las horas muertas leyendo y escuchando música desde que abría los ojos y desayunaba hasta la hora de acostarme. Atesoraba una mínima cantidad de elepés y algunos singles, adquiridos muchos de ellos a través de la mítica revista de venta a distancia Discoplay. Es lo que tenía vivir en un pueblo. Se añadían otros de propaganda de bebidas como el coñac Fundador o el refresco Mirinda. Disfrutaba escuchando a Police, a Víctor Manuel, a Village People, a ACDC, el Street Legal de Bob Dylan, el tema de Queen titulado Mustapha, o el Video Killed the Radio Star de The Buggles. Era, todavía, un incipiente y ecléctico repertorio musical el que me acompañó en mis horas de reclusión.

Como introducción y enlace al tema tratado en esta ocasión acudiremos a tres canciones de aquellos días que bien podrían complementar el desprecio por las rutinas de la semana que conducen a ese día maravilloso que es el viernes : I Don’t Like Mondays, de The Boomtown Rats; y Es una lata el trabajar, de Luis Aguilé. Menuda mezcla.

La primera, aunque no tiene nada que ver con el motivo del presente artículo ni guarda especial relación con una afección de hígado como la mía, sino de uno de los principales órganos de nuestro cuerpo, me interesa porque es una rareza de Mirinda y porque me divertía escuchándola. Hablaba de los asuntos de un amor no correspondido asociados al funcionamiento del corazón. Decía la letra: «Señor doctor, míreme usted, / mi corazón no marcha bien. / […] / Dígame usted, si sirve para amar / o si lo tengo que trasplantar».

La de la banda irlandesa capitaneada por Bob Geldof, se quejaba, desde el título, de ese nefasto día con el que se inaugura la semana, el maldito lunes: «And nobody’s gonna go to school today (Y nadie irá a la escuela hoy). / She’s gonna make them stay at home (Ella hará que se queden en casa). / […] / Tell my why (Dime por qué) / i don’t like Mondays (no me gustan los lunes)». ¿Y a quién sí?

Y, por último, el bonaerense Luis María Aguilera Picca, más conocido como Luis Aguilé, cantante inclasificable, nos regaló una canción que cualquiera que tenga un mínimo espíritu hedonista o diletante podría suscribir. La tituló inicialmente La vida pasa felizmente, pero, con buen criterio, hizo un cambio y la popularizó con el mucho más interesante de Es una lata el trabajar. Cantaba: «Es una lata / el trabajar, / todos los días te tienes que levantar. / Aparte de esto, / gracias a Dios, / la vida pasa felizmente si hay amor».

Y así, dejando atrás las enfermedades, el trabajo y ese odioso lunes que nos devuelve a la realidad después de la fiesta o el abandono del fin de semana, llegamos al viernes: el mejor día para quienes no son jóvenes universitarios que disfrutan de los jueves y para aquellos que no tienen la mala suerte de tener que madrugar el sábado.

Precisamente, en mi adolescencia, también vi en el cine de invierno de mi pueblo una película titulada ¡Por fin es viernes! (Thank God It’s Friday, Robert Klane, 1978), protagonizada por Donna Summer. Ganó el Oscar a la mejor canción original con el tema Last Dance y contaba la historia de un grupo de fanáticos de la música disco a lo largo de una noche de viernes en una sala de fiestas de Hollywood. Fue la respuesta a Fiebre del sábado noche (Saturday Night Fever, John Badham, 1977), que catapultó a la fama a John Travolta y que contaba con la bso inolvidable de The Bee Gees. Siguiendo su estela nació también, un año después, FM: Fiebre musical (FM, John A. Alonzo, 1978). Y en un inesperado giro nostálgico a los sonidos de finales de los 50 y principios de los 60, con vocación rockera, una película como Grease (Randal Kleiser, 1978), aprovechó el tirón comercial de Travolta (aquí en compañía de Olivia Newton-John) para subirse al carro de los musicales para jóvenes rebeldes de futuro prometedor.

¡Ah, los musicales! Siempre he adorado los musicales tanto en teatro como, sobre todo, en el cine. Desde los clásicos dirigidos por Busby Berkeley a los de Stanley Donen o Minnelli. Desde los modernos de Bob Fosse o Norman Jewison a los más actuales como La ciudad de las estrellas (La, La Land, Damien Chazelle, 2016), por ejemplo. Pocas cosas hay tan maravillosas como que se suspenda la narración en una película y los personajes se pongan a cantar y a bailar sin venir a cuento o como complemento del relato.

Pero esto no va de mis gustos musicales ni tampoco de los cinematográficos, sino de un día muy especial de la semana: el viernes. Cuando trabajaba y no me dedicaba a mis labores, como ahora que estoy jubilado, deseaba que llegara ese día que marcaba un punto y aparte entre las obligaciones y los horarios y los días de asueto en los que uno era más dueño de su tiempo.

A lo largo de todo un curso escolar, aprovechaba los últimos minutos de las clases de los viernes para ponerles a mis alumnos y alumnas un fragmento de la canción Hoy es viernes y el cuerpo lo sabe de Los Súper Caracoles, esa curiosa agrupación de cumbia tropical mejicana reconocible por su disparatada vestimenta y su llamativo maquillaje. Como si se tratara de una versión latina y fiestera para mover las caderas de los Kiss. El tema comenzaba: «¡Hey, banda! / Ya llegó el viernes y el cuerpo lo sabe. / Júramelo que no», y en el estribillo se repetían versos como: «Hoy es viernes y el cuerpo lo sabe. / Es fin de semana, puro despapaye. / […] / Mi cuerpo quiere rumba, mi cuerpo quiere fiesta». Tanto interiorizamos el rito, que si en alguna ocasión me olvidaba, ellos me lo recordaban y pedían la canción aunque solo fuera durante unos segundos escasos entre clase y clase.

La broma se propagó, lo que me llevó a indagar sobre otras canciones pop españolas que hicieran bandera de ese mismo espíritu de celebración del viernes o, al menos, lo insertaran dentro de otro tipo de temáticas.

El día, qué duda cabe, se lo merece.

El listado no pretende ser exhaustivo, simplemente ofrecer unas pinceladas recogidas al albur de determinadas escuchas puntuales y de recuerdos musicales.

Vamos a empezar en sentido inverso, desde lo más actual hasta grupos o cantantes con una dilatada trayectoria profesional en el mundo de la música.

El joven barcelonés DePol quizá sea el último en glorificar el viernes como un día especial por lo que significa. Da igual que sea para cantarle al desenfreno o al futurible del desamor en el que ya no se compartirán los buenos momentos con la persona amada. En su reciente disco de 2025: No lo sé ni yo, hay un tema titulado directamente Viernes en el que plantea lo siguiente: «Y dime qué hare los viernes si aquí ya no duermes. / Si no es acurrucados, ¿qué haré? / Terminaré las pelis que nunca terminamos. / Diré que el tiempo pasa y no pasaste a mi lado / que fuimos valientes, pero no tanto / si en un segundo todo se ha ido al carajo. / Y qué los viernes si aquí ya no duermes. / Si ya no vienes, ¿qué haré?».

Repion, la banda cántabra formada por las hermanas Iñesta, publicó en 2024 un EP titulado Entre todas lo arreglamos. En él, entre otras canciones y colaboraciones con Shego, Tulsa o Cora Yako, se incluía el tema Viernes (sí, el mismo título que el anterior), que interpretan junto a Rufut T. Firefly. Aunque la canción en sí misma es un canto al dolor y la recuperación tras una ruptura sentimental, no es baladí la elección de ese día de la semana para hablar de ello. En una estrofa cantan: «Ha vuelto a ser viernes. / Hemos salido a ver la luz. / Tal vez me ofrezcan una rosa / y me acordaré de ti. ¿A quién si no se la daría?».

Otro grupo tan popero y refrescante como Emilia, Pardo y Bazán (a quien ya dedicamos un capítulo entero para hablar de las letras de su disco La fiesta que me prometiste, del año 2024) también le canta al viernes, pero ellos sí, desde la perspectiva más fiestera, como símbolo del momento ideal para olvidar todo lo malo y centrarse únicamente en el disfrute al que invita el carpe diem. Los de Talavera de la Reina recomiendan procrastinar un poco en el buen sentido de la palabra, posponer las inquietudes y frustraciones en Preocúpate mañana: «Preocúpate mañana / y súbete a la barra del bar. / No dejes que te impidan celebrar el viernes. / Qué buena suerte / que todos estemos igual de mal. / Tú que dices que has venido a jugar y pierdes».

Con una visión bien distinta del asunto, la jovencísima Anne Lukin, salida de la factoría del Talent Show OT del 2020 en el que ingresó con solo 18 años, publicaba en 2021 su álbum Al día siguiente, en el que aparecía el tema Mañana es viernes. En él se lamenta del ajetreo de una vida condicionada por los compromisos propios de alguien que se dedica a la música y que ha de estar de acá para allá todo el día, con las maletas hechas y durmiendo en hoteles, sin poder estar con los seres queridos. Para ella el viernes simboliza la vuelta a la tranquilidad del hogar, refugio y protección, a la familia: «Quiero saber que mañana es viernes / y que me alegraré de que lo sea, / porque ahora no sé ni en qué día vivo. / Y aunque lo supiera me daría igual».

Una de las principales bandas de pop nacional de los últimos años tal vez sea Sidonie. El grupo formado por Marc Ros, Jesús Senra y Axel Pi comenzó su andadura musical cantando en inglés. En 2005, sus componentes decidieron cambiar de rumbo y escribir letras en castellano. Y en 2007, con un disco brillante titulado Costa Azul, despegaron definitivamente ampliando su corte de admiradores. En dicho elepé, compuesto por 11 temas, aparecía el himno pop optimista Nuestro baile del viernes, en el que los catalanes celebran el amor y la pasión de vivir asociados al comienzo del fin de semana y al baile como expresión máxima de la felicidad compartida, con versos tan intensos y poéticos como: «El placer se puede comprar pagando con dolor» o «Eres una más, / hoy tus labios son burdeles». Pero lo que interesa a nuestro objetivo se inserta, como en todas las demás, en el estribillo: «Tú y yo en la ciudad, / son las doce y hoy es viernes. / Bailemos / canciones de viernes que ni conocemos, / pero bailemos. / Hoy llegaremos hasta el cielo / bailando canciones que ni conocemos, / pero bailemos. / Por un momento somos tan bellos / y después tan mediocres otra vez». Me quito el sombrero.

Continuamos ahora con un hombre al que conocimos junto a Quimi Portet formando parte de Los Burros primero y de El último de la fila después: Manolo García. En el disco que supuso su debut en solitario, Arena en los bolsillos (1998), el cantautor rinde igualmente homenaje a ese día de la semana en Viernes (tres canciones ya con el mismo título). Para García el viernes marca el inicio de un momento nuevo después de las rutinas habituales de cada día. También implica respirar el aire libre, la libertad, la posibilidad de tener encuentros inesperados y fugaces que pueden desembocar en algo o ser simplemente una oportunidad para pasar un buen rato. Andar sin rumbo para que la vida nos sorprenda, en viernes: «Como cada viernes / salgo a dar una vuelta, / a quemar la semana. / Y caminar a la deriva. Caminar. / Siéntate. / Siéntate. Ven, cuéntame. / Siéntate, cuéntame. / Cuéntame. Ven, siéntate. / ¿De dónde sales tú? / Salgo, vuelve a ser viernes. / A respirar aire y callejear, / y caminar a la deriva. / Andar y andar. […] / Hoy es viernes / y los sueños / brillan más. / Hoy es viernes / y quiero bailar. / Solo bailar».

Y terminamos con pop ochentero: el de Hombres G, que en su cuarto álbum de estudio titulado Agitar antes de usar (1988) incluían, junto al éxito Suéltate el pelo y otras canciones, el tema Viernes, tanto en su versión vocal como instrumental. La banda, conocida por megaéxitos como Devuélveme a mi chica, Sufre mamón, Marta tiene un marcapasos, Venezia, Visite nuestro bar, Dejad que las chicas se acerquen a mí o Voy a pasármelo bien, se puso sentimental e introspectiva con esta especie de oda al amor incondicional y a la libertad que procura ese fin de semana que comienza, precisamente, en viernes. La palabra se repite una y otra vez, transmitiendo la sensación de que es el día de la liberación de las rutinas y del disfrute de las conexiones emocionales. La voz de David Summers susurra: «Hoy es viernes y por fin / iré a buscarte entre la lluvia. / Nos iremos a un país / donde solo estemos tú y yo. / Velaré por ti. / Yo te quiero y moriría por ti. / Hoy es viernes. / Hoy es viernes».

Llegamos al final de nuestro recorrido por algunas de las canciones que utilizan el viernes como leitmotiv para expresar anhelos, inquietudes, emociones varias y las ganas de divertirse del personal, recordando que lo verdaderamente importante es disfrutar cada día como si fuera el último, sea lunes, miércoles o domingo. Vivir el momento sin pensar en el futuro. Eso sí, que, por favor, llegue pronto el viernes.

Por cierto, aquel 1º de BUP, con la excusa de la hepatitis, no aprobé ni una sola asignatura en junio. Tuve que recuperarlas casi todas entre la llamada Suficiencia y los exámenes extraordinarios de septiembre. Todo tiene sus consecuencias.

Y ahora eso, a quién le importa. Que nos quiten lo escuchado y lo bailado.