Madrid, 11 de noviembre de 2021. Sala Siroco

En mi esfuerzo por saber qué es el “jazz” me he dado cuenta de que ni siquiera sé lo que es la música. Me he armado de valor y he consultado su significado en el diccionario de la Santa Madre RAE para leer, asombrado, la cuarta acepción: “melodía, ritmo y armonía combinados”. No pone “bien combinados” o “combinados con acierto”, me parece preocupante.

Jaime Lahoz

Jaime Lahoz

Redactor y Photo

Aún más desasosegaste es la quinta acepción: “Sucesión de sonidos modulados para recrear el oído”. Claro, ¿el oído de quién?, pregunto yo.

Pero ha sido en la séptima acepción cuando he perdido toda esperanza de llegar a saber, inequívocamente, qué es la música: “Arte de combinar los sonidos de la voz humana o de los instrumentos, o de unos y otros a la vez, de suerte que produzcan deleite, conmoviendo la sensibilidad, ya sea alegre, ya tristemente”. Señorías de la RAE: me parece que es hacer trampas incluir la palabra “arte” para definir una de ellas. Me parece una cobardía dejarlo todo al pairo del entendimiento individual y decir “deleite” sin más concreción y encima incluir “sensibilidad”, “alegría” y “tristeza” en la misma frase. Me hace pensar en el número de Gila en el que, haciendo una predicción meteorológica, decía: “Puede que llueva o puede que no, depende del tiempo”.

Vamos, que entre esto y a la vista de las personas que en ocasiones reciben premios internacionales por su “música” sigo sin saber lo que es esta y mucho menos lo que es el jazz. De nuevo tendré que dar una opinión inexperta y decir que lo que hacen los Gilipojazz es “hard-jazz”, algo  a medio camino entre el jazz, el rock progresivo, la psicodelia y a ratos hasta el stoner. Esto de poner etiquetas es muy divertido, me imagino a los integrantes de la banda leyendo esto y poniendo cara de “¿pero qué dice?. Bueno, sobre todo que sea lo que sea lo que hacen lo hacen muy bien. Por cierto “hard-jazz”, me emociona pensar que yo solito he acuñado un neologismo, en Google no encuentro nada…

Mi sensación en su concierto del pasado jueves en Siroco fue la de que me estaba pasando por encima una avalancha musical, me cogieron por la solapas en el segundo compás del primer tema y me soltaron con el “buenas noches”, ¡que bestias pardas! ¡qué manera de tocar! En lo relativo a “combinar”: combinan, en lo relativo a “modular”: modulan. No puedo opinar sobre la armonía porque mis conocimientos al respecto son aún más someros que en lo relativo a definiciones, pero en cuanto al ritmo y sobre todo al deleite, diría que son unos maestros. 

Su concierto fue un derroche de energía increíble, me lo pasé muy bien, espero poder volver a verles pronto y se lo recomiendo a quienes no necesiten de canciones fórmula o estribillos pegadizos para disfrutar  en un concierto. Me encantaría (mentira) hacer una crónica al uso y desgranar el repertorio describiendo el tipo de deleite (ya que he leído la palabrita, la uso) que me produjeron cada uno de los temas que lo formaban. El caso es que no me acuerdo, no sabía ni donde mirar ni donde centrar la atención de mis oídos para no perderme nada de lo que estaba pasando, estaba totalmente desbordado por la cantidad de estímulos que recibía.

He de admitir que parte de estos estímulos no provenían del escenario. Recibía muchos estímulos de otro tipo del amplio sector del público que no va a los conciertos a escucharlos, sino a intentar evitar que nadie más los escuche a base de berrear unas reflexiones que sin duda resultarían interesantísimas narradas en sus casas a sus pacientes progenitores. Una más de las paradojas de la pandemia que nos ha tocado vivir: yo prefiero los conciertos sentado, no por el hecho en sí de estar sentado, sino porque esto los dotaba de una solemnidad que parecen haber perdido y ahora los escucho peor. Se suma que bailo fatal y soy consciente de ello. 

Un diez Gilipojazz, ¡bravo!