CUANDO LA MÚSICA YA CASI NO COMPENSA

Madrid. del 8 al 11 de julio de 2025, Recinto Iberdrola Music

Foo Fighters, A Perfect Circle, Interpol, Nick Cave, David Byrne y Pulp sostuvieron una edición marcada también por las restricciones a la prensa, los problemas de movilidad y una pregunta inevitable: ¿hasta cuándo merece la pena seguir contándolo?

Hay festivales que empiezan cuando se encienden las luces del primer escenario. Otros comienzan bastante antes, en un correo electrónico. Mad Cool 2026 empezó para nosotros con una mala noticia: la acreditación fotográfica que Revistaindie había recibido de manera continuada desde 2018 fue denegada. Esta vez no tendríamos reportero gráfico.

Sara Fernández

Sara Fernández

Redactora

Fernando Tello

Fernando Tello

Redactor & Photo

No se trata de despreciar las fotografías oficiales. Todas son magníficas, insuperables y nos encanta verlas. Pero una publicación acude a un festival para contarlo con sus propios ojos, sus propias palabras y, siempre que se lo permitan, sus propias imágenes. Convertir a los medios en simples receptores del material proporcionado por la organización o por los artistas empobrece el relato y termina haciendo que todas las coberturas se parezcan demasiado.

El problema, además, es todavía más grave porque no es exclusivo de Mad Cool. Incluso cuando se consigue la acreditación, las cosas no mejoran demasiado: las restricciones son infinitas. En teoría tienes acceso al foso, pero después son las propias bandas o sus equipos de representación quienes te lo deniegan, como si llevaras un arma en la mano y fueras a disparar ráfagas de 35 mm contra los artistas. El trato a los fotógrafos de conciertos se ha ido endureciendo hasta alcanzar un punto difícilmente sostenible, con restricciones cada vez mayores, vetos de última hora y condiciones que convierten el trabajo en una auténtica carrera de obstáculos. En nuestro caso, la negativa a una acreditación que habíamos mantenido durante años añadió una capa más de decepción. Pero, incluso aunque nos la hubieran concedido, probablemente solo habríamos podido fotografiar a un par de artistas cada jornada, porque el acceso al resto habría sido prohibido por sus equipos de representación. Quizá llegue un momento en el que haya que dejar Mad Cool de lado, e incluso plantearse abandonar la propia fotografía de conciertos. No porque falten actuaciones, sino porque cada vez resulta más complicado contarlas como creemos que deben ser contadas.

La primera jornada colgó el cartel de lleno absoluto y reunió, según las cifras facilitadas por la organización, a 57.000 personas. La sensación al entrar era exactamente esa: aquello iba a llenarse y la inmensa mayoría tenía un objetivo muy claro. Ver a Dave Grohl aporrear la guitarra, gritar hasta quedarse sin voz y volver a demostrar que Foo Fighters sigue siendo una de las grandes bandas de estadio de nuestro tiempo.

Antes de llegar a ellos tocaba reconocer el nuevo mapa del recinto. La desaparición de uno de los grandes escenarios ha comprimido la distribución. El principal continúa en el mismo lugar y conserva una explanada enorme desde la que se puede seguir el concierto con una visibilidad razonable incluso desde bastante lejos. El problema aparece cuando sopla el viento y el sonido pierde consistencia en la zona trasera.

El escenario Orange, antiguo tercer escenario y ahora convertido en el segundo gran polo del festival, se queda pequeño para algunas de las bandas programadas. Por caché, convocatoria y horarios, hubo momentos en los que la circulación se hizo incómoda y el espacio quedó bloqueado. The Loop funcionó el miércoles como refugio rockero, aunque durante el resto de la edición volvió a concentrarse en la electrónica. Los escenarios Mahou Cinco Estrellas y Mahou Reserva, por su parte, crecieron y mejoraron. Las carpas eran más amplias y permitían soportar mejor el calor, aunque los solapamientos con los nombres grandes limitaron en ocasiones su capacidad para reunir público. Nada nuevo: elegir y renunciar forma parte del menú de cualquier festival.

Desde la distancia, al entrar en el recinto, escuchamos a Palaye Royale. La banda parecía estar dejándose la vida en el escenario, pero actuar con un calor extremo y ante una entrada todavía escasa es una prueba poco agradecida. La actitud estaba allí; el contexto, bastante menos.

En el escenario principal apareció después The Warning. Las hermanas Villarreal no entienden de medias tintas. A casi cuarenta grados y antes de las siete de la tarde, Daniela, Paulina y Alejandra ofrecieron un concierto físico, directo y eléctrico. “MORE” y “S!CK” pusieron en marcha una actuación que no bajó el pulso con “Qué más quieres”, “DISCIPLE” o “EVOLVE”. El cierre con “Automatic Sun” terminó de confirmar que su crecimiento no responde únicamente a una campaña bien construida: hay banda, canciones y una actitud difícil de fabricar.

A mitad del concierto de The Warning, uno de nosotros tuvo que moverse hacia The Last Dinner Party. Las londinenses salieron con esa mezcla de teatralidad, romanticismo oscuro y ambición que ya forma parte de su identidad. Empezaron algo contenidas, pero fueron creciendo a medida que avanzaban “The Feminine Urge”, “Caesar on a TV Screen”, “My Lady of Mercy” o “The Scythe”. “Nothing Matters” cerró el concierto con la sensación de que el grupo ya tiene casi todas las piezas, aunque todavía le falta ese pequeño salto que transforma una buena actuación en una experiencia capaz de atrapar incluso a quien no ha ido expresamente a verlas.

Mientras Wolf Alice ocupaba el escenario principal llegó el momento de reponer fuerzas. Comimos cerca de la carpa en la que aparecía la sorpresa del día: Arde Bogotá actuando bajo el nombre de Bigger Splash. La broma estaba bien montada y la banda aprovechó para estrenar en directo “Bigger Splash”, dentro de un repertorio que también incluyó “La torre Picasso” e “Instrucciones”. No era precisamente nuestro plan del día, pero resultaba imposible no escucharlos de fondo. En los festivales también hay conciertos que uno presencia sin haberlos elegido y sin querer oírlos.

The War on Drugs ofrecieron exactamente el concierto que cabía esperar de ellos, lo cual en su caso es una buena noticia. Adam Granduciel y los suyos construyen canciones que parecen avanzar por carreteras infinitas. “Harmonia’s Dream”, “Red Eyes”, “Pain” y “An Ocean in Between the Waves” fueron levantando un paisaje de guitarras expansivas que encontró sus mejores momentos en “I Don’t Live Here Anymore” y “Under the Pressure”. Pudimos ver solo una parte, pero fue suficiente para confirmar que siguen dominando ese equilibrio entre precisión, emoción y aparente libertad.

Antes del plato fuerte nos acercamos a The Loop con una cerveza sin alcohol para comprobar si Dogstar era algo más que la banda de Keanu Reeves. La respuesta fue afirmativa. Sí, Keanu Reeves estaba allí al bajo y sí, la mayoría de las conversaciones empezaban con un “mira, es él”. Pero la banda sonó compacta, muy noventera y sin apoyarse únicamente en la celebridad de uno de sus miembros. Bret Domrose llevó el peso de las canciones y Robert Mailhouse sostuvo una actuación seria, con guitarras reconocibles y una solidez que invitaba a escuchar sus discos con más calma. Volveremos a hacerlo.

A las diez de la noche aparecieron Foo Fighters. Dos horas y veinticinco minutos después abandonaban el escenario tras haber tocado prácticamente todo lo que una multitud esperaba escuchar. Abrieron con “All My Life”, “The Pretender” y “Times Like These”, una secuencia que habría servido como cierre para muchas otras bandas. Después llegaron “Rope”, “My Hero”, “Learn to Fly”, “These Days”, “Walk” y “This Is a Call”.

Dave Grohl estaba feliz, hablador, agradecido y entregado. También estuvo, como siempre, al borde de perder la voz desde el principio, aunque esa forma de cantar como si cada canción pudiera ser la última sigue siendo parte esencial del espectáculo. “No Son of Mine” incluyó un fragmento de “Ace of Spades”; “Marigold” recuperó una pieza de su etapa previa a Foo Fighters; “Monkey Wrench”, “Breakout” y “Best of You” devolvieron al recinto a su condición de gigantesco coro colectivo.

Uno de los momentos más emocionantes llegó con “Aurora”, dedicada a Taylor Hawkins. El final con “Exhausted” y “Everlong” dejó a la banda exhausta y al público satisfecho. No fue un concierto basado en la sorpresa. Fue algo más sencillo y quizá más difícil: una demostración de oficio, energía y repertorio por parte de un grupo que conoce perfectamente su lugar y todavía disfruta ocupándolo. Y ver a Grohl sentarse a la batería sigue siendo inigualable.

Dos horas y media dan para mucho, también para que las piernas y la atención pidan una tregua. Durante el concierto de Foo Fighters, cuando bajó nuestro ritmo —no el de Grohl—, hicimos una escapada a Moby para volver a cargar las pilas. Solo vimos una parte, pero bastó para comprobar que su actuación era uno de los grandes regalos de la jornada. El repertorio arrancó con “Bodyrock” y “Go” y recorrió canciones como “We Are All Made of Stars”, “Why Does My Heart Feel So Bad?” o “Raining Again”, confirmando que su catálogo ha envejecido mejor de lo que algunos quisieron admitir.

Moby puede cantar, tocar, bailar, hablar durante demasiado tiempo y volver a poner en marcha la maquinaria con “Extreme Ways”, “Natural Blues” o “Porcelain”. El repertorio se cerró con “Lift Me Up” y “Feeling So Real”, pero lo que vimos fue suficiente para recuperar fuerzas. Lleva décadas haciendo bailar a varias generaciones y sigue pareciendo feliz de hacerlo. Hay artistas electrónicos que construyen una sesión; Moby convierte sus canciones en un concierto de banda con una intensidad casi rockera.

La salida devolvió a todos a la realidad. Las 57.000 personas abandonaron el recinto prácticamente al mismo tiempo y el dispositivo volvió a mostrar sus costuras. Miles de asistentes caminaron hacia Getafe, las vías de salida se saturaron y la desorientación fue evidente. La respuesta del Ayuntamiento de Getafe fue restringir desde el jueves el aparcamiento del Coliseum a los no residentes.

Entendemos el enfado vecinal. Nadie debería asumir ruido, suciedad, bloqueos o dificultades para entrar en su propia casa por la celebración de un festival del que, además, los beneficios directos se concentran en otro municipio. Pero cerrar un aparcamiento amplio sin ofrecer una alternativa real tampoco resolvió el problema. A quienes llegábamos desde fuera, en este caso desde otra comunidad autónoma, nos obligó a buscar sitio en otras calles de Getafe en los siguientes días, caminar más y ocupar plazas junto a viviendas mientras el aparcamiento permanecía prácticamente vacío. En mi caso, además, esa distancia extra no es una cuestión menor: convivir con mi enfermedad neurodegenerativa convierte cada kilómetro añadido en un esfuerzo que hay que administrar.

El conflicto terminó pareciendo una de esas discusiones en las que cada administración señala a la siguiente. Madrid recibe buena parte del impacto económico y también el ruido en Villaverde; la promotora hace su negocio; Getafe soporta una parte muy visible de la movilidad y las molestias. Mientras unos discutían quién tenía más razón, quienes asistían y quienes vivían allí asumían las consecuencias. Sentarse antes, medir el impacto real, señalizar mejor, reforzar las salidas y diseñar un aparcamiento disuasorio eficaz parece menos vistoso que intercambiar reproches, pero sería bastante más útil. Sobre todo, si el principal problema es el ruido, habrá que estudiarlo, instalar apantallamientos acústicos e invertir para reducir el impacto. Seguro que hay unas cuantas empresas encantadas de asumir un reto como ese.

La segunda jornada volvió a reunir a 57.000 personas y completó el segundo lleno consecutivo. Jennie, Florence + The Machine, Lorde, Teddy Swims, Zara Larsson y Reneé Rapp protagonizaban un día construido alrededor de un pop que respetamos, pero que apenas forma parte de nuestro mapa musical. La excepción evidente era Florence Welch. No vamos a fingir una crónica de algo que no vimos. Hacer unos 150 kilómetros, buscar aparcamiento en una zona cada vez más complicada, caminar varios kilómetros y regresar de madrugada para asistir a un único concierto no tenía sentido. Cuando se convive con una enfermedad como la ataxia de Friedreich, elegir también forma parte de la cobertura. El jueves tocó descansar, recuperar fuerzas y reservarlas para los dos días siguientes. A veces cubrir bien un festival no consiste en verlo todo. Consiste en saber hasta dónde se puede llegar sin que la experiencia termine pasando una factura mayor de la necesaria.

El viernes reunió a 53.000 personas y presentaba un recorrido mucho más cercano a nuestros gustos. Llegamos con tiempo, encontramos un hueco en una calle de Getafe —ocupando una plaza que podría haber utilizado un vecino mientras el aparcamiento del Coliseum estaba cerrado para nosotros— y entramos pronto. La primera parada fue Linka Moja. Sola con su guitarra, su voz y distintas capas de sonido grabadas en directo, construyó una propuesta delicada y reivindicativa. Sonaba muy bien y tiene una voz preciosa. En algunos momentos echamos en falta una banda que diera más cuerpo a las canciones, aunque esa fragilidad también forma parte de la personalidad de su directo.

Halsey era, de partida, una artista que no figuraba entre nuestras prioridades. La escenografía, el movimiento continuo y esa sensación de que siempre está pasando algo pueden alejar a quien busca que las canciones respiren por sí mismas. Sin embargo, sonó bastante más contundente de lo esperado. “Nightmare” abrió el concierto sin contemplaciones y el bloque formado por “I am not a woman, I’m a god”, “Castle”, “Experiment on Me” y “honey” mostró una cara áspera, cercana por momentos al rock industrial. “Without Me”, “Colors”, “Gasoline” y “Lonely Is the Muse” completaron una actuación interesante. La puesta en escena sigue sin ser nuestro terreno natural, pero detrás del movimiento había una banda potente y una artista capaz de sostener el escenario. Salimos bastante más convencidos de lo que habíamos entrado.

Antes de que terminara y mientras se acercaba la hora de Pixies nos desviamos hacia el escenario Mahou para ver a Los Blody, uno de los grupos seleccionados por Mad Cool Talent. Tienen juventud, energía y una propuesta todavía en construcción, pero con suficientes ideas como para seguirles la pista. No se limitaron a aprovechar la oportunidad: salieron a defenderla. Pixies son una apuesta segura siempre que a uno le gusten Pixies. Quien los haya descubierto recientemente puede encontrar su directo seco, poco comunicativo e incluso monótono. No hay grandes discursos, coreografías ni una escenografía destinada a distraer. Hay canciones. Muchas. Y una forma de tocar que apenas admite adornos. Para quienes llevamos toda una vida musical escuchándolos, y hemos visto pasar por el bajo a Kim Deal, Kim Shattuck, Paz Lenchantin y ahora Emma Richardson, el concierto tuvo algo de celebración familiar. Abrieron con “Gouge Away”, “Wave of Mutilation” y “Monkey Gone to Heaven”, y continuaron enlazando “Head On”, “Debaser”, “Caribou”, “Here Comes Your Man”, “Vamos”, “Velouria”, “Bone Machine” y “Tame”. Joey Santiago estuvo soberbio, retorciendo la guitarra como si todavía pudiera encontrar sonidos nuevos dentro de canciones tocadas cientos de veces. Black Francis incluso parecía contento, lo que en su caso ya supone una iluminación especial. El tramo final con la versión surf de “Wave of Mutilation”, “Where Is My Mind?” e “Into the White” fue impecable. Casi todo lo que queríamos escuchar estuvo allí.

Después llegó Kings of Leon. Quienes los vimos en el FIB de 2004, tocando a media tarde cuando todavía parecían una banda salida de un garaje del sur de Estados Unidos, sabemos cuánto ha cambiado su dimensión. Lo sorprendente es que en Mad Cool recuperaron parte de aquella aspereza sin renunciar a la precisión de un grupo capaz de llenar estadios. “Find Me”, “Taper Jean Girl” y “King of the Rodeo” marcaron el tono. “On Call”, “Fans”, “The Bucket”, “Molly’s Chambers” y “Four Kicks” recordaron su etapa más guitarrera, mientras “Use Somebody”, “Pyro” y “Sex on Fire” asumieron su condición de himnos masivos. Sonaron impecables, quizá demasiado para quienes siguen añorando algo de peligro, pero con una fuerza desorbitada. Antes de “Use Somebody” apareció en las pantallas la noticia de la victoria de España. Nathan Followill, a la batería, llevaba una camiseta retro de la selección y el gesto terminó de ganarse al público. Fue un detalle sencillo dentro de un concierto muy serio. Kings of Leon han vuelto a ocupar un lugar de referencia, aunque probablemente nunca llegaron a perderlo del todo.

Nos perdimos el comienzo de una de las actuaciones más impresionantes de la noche. A Perfect Circle sonaron como una maquinaria diseñada para crear tensión. “The Package”, “Weak and Powerless”, “Disillusioned” y “The Doomed” construyeron una atmósfera oscura, precisa y casi física. Maynard James Keenan volvió a situarse lejos del papel convencional de líder, dejando que la música y la iluminación dominaran la escena. “The Outsider”, “Counting Bodies Like Sheep to the Rhythm of the War Drums”, “Blue” y “Judith” completaron una hora brutal. La banda sonó tan bien que cuesta imaginar cómo podría mejorar ese directo. Quizá sí pueda, pero preferimos no pensar en lo que supondría.

A continuación llegaba el gran dilema de horarios: Twenty One Pilots o Interpol. Para nosotros no había demasiada discusión. Interpol estaba marcado en rojo desde el primer día y no defraudó. Paul Banks, Daniel Kessler y compañía salieron sin necesidad de conquistar el escenario con elementos ajenos a sus canciones. “Untitled” abrió la puerta a un concierto elegante, oscuro y perfectamente medido. “No I in Threesome”, “C’mere”, “All the Rage Back Home” y “Rest My Chemistry” fueron preparando un tramo final extraordinario con “Evil”, “Obstacle 1”, “The New”, “Slow Hands”, “NYC” y “PDA”.

Las luces fueron parte fundamental de la actuación, pero nunca compitieron con la música. Interpol no necesita correr ni pedir constantemente la participación del público. Le basta con sostener la tensión, dejar que la guitarra de Kessler corte el aire y permitir que la voz de Banks haga el resto. Fue uno de los conciertos de la jornada. Había que ver, aun así, una parte de Twenty One Pilots. Tyler Joseph y Josh Dun pertenecen a otra escuela. Su concierto es una sucesión de estímulos: cambios de vestuario, desplazamientos, plataformas, carreras, apariciones entre el público, fuego, saltos y una batería convertida casi en atracción principal. Llegamos para la recta final, en la que aparecieron “Ride”, “Stressed Out” y “Trees”, dentro de un espectáculo que antes había pasado por “Overcompensate”, “Heathens”, “Jumpsuit” o “Heavydirtysoul”. Josh Dun tocó entre el público y Tyler Joseph convirtió distintos puntos del recinto en extensiones del escenario. No es una música que nos pongamos habitualmente en casa, pero el directo impresiona. La duda aparece cuando la puesta en escena se vuelve tan grande que amenaza con empequeñecer las canciones. Quizá sea precisamente ese exceso el que les permite mantenerse en la posición que ocupan. En cualquier caso, resultaría absurdo negar que saben manejar a una multitud.

La última jornada reunió a 48.000 personas. Sobre el papel era el día de mayor calidad media sobre los escenarios y, sobre todo, el día en el que Nick Cave iba a impartir una de sus clases magistrales. La tarde empezó de manera ya rutinaria: aparcar en una calle de Getafe, caminar más de lo necesario y pasar junto a un aparcamiento cerrado a los no residentes y casi vacío. La escena se había convertido en un resumen bastante exacto de la falta de coordinación que acompañó al festival en el apartado de los accesos.

Jalen Ngonda abrió el escenario principal con una banda impecable y una voz capaz de trasladar el recinto al soul de los años sesenta y setenta. El arranque con “Burning Temptation” y “Hannah, What’s the Matter?” mostró a un intérprete que no necesita disfrazar sus influencias. No pudimos quedarnos mucho más porque tocaba dirigirse a los escenarios pequeños, pero su música mira hacia atrás sin sonar a museo. Nos dirigimos después a los escenarios pequeños para ver a dos grupos de Mad Cool Talent. No teníamos fichados a los portugueses Bad Tomato, pero ya están en la lista. Buena presencia, canciones interesantes y un directo con más oficio del que cabría esperar de una banda situada a primera hora. A Break the Senses sí las conocíamos. Las malagueñas confirmaron lo que ya sabíamos: tienen fuerza, nivel y un repertorio que merece encontrar más escenarios. El talento ayuda, pero en la música también hace falta que las oportunidades lleguen en el momento adecuado. Ojalá esta sirva para abrirles algunas puertas.

The Black Crowes salieron al escenario principal con “Remedy” y demostraron que la furia no tiene por qué desaparecer con los años. Chris Robinson conserva una voz y una presencia difíciles de imitar, mientras Rich Robinson mantiene ese sonido de guitarra que mezcla rock sureño, blues y arrogancia. “Sting Me”, “Jealous Again”, “Wiser Time” y “Hard to Handle” sostuvieron una primera mitad excelente. El concierto perdió algo de intensidad en su parte central y ese fue el momento elegido para marcharnos hacia Matt Berninger. El repertorio todavía guardaba “She Talks to Angels”, “No Speak No Slave” y “Twice as Hard” para el tramo final. Siguen sonando como una banda que cree profundamente en el rock and roll, quizá porque nunca aprendió a hacer otra cosa.

Matt Berninger es uno de esos artistas capaces de imponerse sin necesidad de levantar la voz ni ocupar cada centímetro del escenario. Su timbre grave, su forma de moverse y esa apariencia de hombre que acaba de salir de una conversación extraña convierten cualquier canción en una pequeña escena. Mezcló su repertorio en solitario con canciones vinculadas a The National y volvió a demostrar que da igual el formato en el que aparezca. Tiene una de esas voces que no necesitan ser perfectas porque ya son inconfundibles. Se paseó entre el público hasta llegar a la torre de control —el FOH—, dando abrazos, ofreciendo su micrófono y haciendo las delicias de un público entregado.

A las diez de la noche comenzó el sermón del hombre del día. Nick Cave salió con Warren Ellis y The Bad Seeds a un escenario preparado con una pasarela pegada al público. A partir de ahí desapareció la frontera habitual entre actuación y experiencia. “Get Ready for Love” abrió una ceremonia que pasó de inmediato a “From Her to Eternity” y “Train Long-Suffering”. “Wild God” y “O Children” mostraron las dos caras de un repertorio capaz de ser luminoso y devastador casi al mismo tiempo. En “Tupelo”, Cave parecía dirigir una tormenta. En “Carnage” y “Joy”, Warren Ellis alternaba el violín, la guitarra y la electricidad pura como si los instrumentos fueran objetos que hubiera que dominar por la fuerza.

No hay demasiados calificativos útiles para describir lo que Nick Cave hace sobre un escenario. Se acerca al público, busca manos, mira a personas concretas y consigue que miles de asistentes sientan que la canción está ocurriendo a pocos centímetros. Te toca y, durante unos segundos, parece posible que algo cambie dentro de ti. “Henry Lee”, con Janet Ramus, abrió paso a una parte final descomunal. “The Mercy Seat”, “Papa Won’t Leave You, Henry”, “Red Right Hand”, “The Weeping Song” y “Jubilee Street” fueron elevando el concierto hasta una especie de apoteosis colectiva. Después llegó “Hollywood”, inmensa, y “Into My Arms” puso fin a dos horas en las que el recinto se quedó pequeño.

Nick Cave conmueve a quienes llegan convencidos y convierte en seguidores a quienes todavía mantenían alguna duda. Absorbe la atención, la retuerce y la devuelve transformada. Warren Ellis, a su lado, parece el cómplice perfecto: golpea el violín, destruye una guitarra y, de alguna manera, todo termina sonando a música celestial. Fue el mejor concierto del festival y uno de esos directos que justifican por sí solos muchos kilómetros, muchas horas y bastantes incomodidades.

Durante el concierto hicimos una escapada breve para mirar de reojo a Kasabian. Su repertorio había arrancado con “Club Foot” y avanzaba entre canciones como “Underdog”, “Days Are Forgotten”, “Shoot the Runner”, “Empire” o “You’re in Love With a Psycho”. En el tramo que vimos, Sergio Pizzorno volvió a demostrar que no entiende el concepto de administrar fuerzas: Kasabian empieza arriba y parece empeñada en terminar todavía más arriba. El concierto desembocó en “Vlad the Impaler”, “L.S.F.” y “Fire”, un cierre que confirma por qué Kasabian sigue siendo una de las bandas más fiables cuando un festival necesita convertir una explanada en una fiesta. No rebajan la intensidad y tampoco parecen interesados en hacerlo.

Después de Nick Cave parecía que la noche había terminado. En realidad todavía quedaban dos conciertos capaces de cerrar por sí solos cualquier festival y, además, casi completamente solapados: David Byrne comenzaba a las 00:05 y Pulp lo hacía a las 00:40. Tocaba volver a elegir. Elegimos ver el comienzo de David Byrne, que convirtió el escenario Orange en una obra de teatro musical. Una docena de intérpretes se movía por un espacio prácticamente vacío, con los instrumentos sujetos al cuerpo y sin la estructura habitual de amplificadores, plataformas o posiciones fijas. Todo estaba coreografiado, pero nada parecía rígido. Tras abrir con “Everybody Laughs”, llegaron “And She Was”, “Strange Overtones”, “Houses in Motion” y “(Nothing but) Flowers”. No hubo tiempo para ver el resto del concierto —donde quedarían “Psycho Killer”, “Life During Wartime”, “Once in a Lifetime” o “Burning Down the House”— porque el inicio de Pulp obligaba a cambiar de escenario. Lo visto bastó para comprobar que Byrne consigue algo muy difícil: transformar canciones conocidas por casi todos en piezas que parecen recién inventadas. La precisión de cada movimiento no elimina la emoción. Al contrario, la amplifica. Fue un arranque brillante, extraño, divertido y completamente distinto a cualquier otro concierto del fin de semana.

El punto final correspondía a Pulp. Jarvis Cocker apareció con esa mezcla de elegancia, ironía y fragilidad que lo convierte en uno de los grandes personajes del pop británico. “Sorted for E’s & Wizz” y “Disco 2000” abrieron un concierto que alternó clásicos con canciones de su etapa reciente. “Razzmatazz”, “This Is Hardcore”, “Do You Remember the First Time?”, “Mis-Shapes” y “Babies” fueron cayendo como recordatorios de una discografía extraordinaria. Jarvis habló, bailó, estiró el cuerpo hasta posiciones imposibles, cantó varios temas desde el suelo y dirigió al público con la naturalidad de quien lleva décadas observando desde el margen y contándolo mejor que nadie. El cierre con “Common People” no podía ser más adecuado. Miles de personas cantando una canción sobre clases sociales, deseo, impostura y vida cotidiana para despedir uno de los festivales más grandes y caros del país. No sabemos si se puede mejorar ese final. Tampoco hacía falta intentarlo.

Mad Cool cerró su décimo aniversario con más de 200.000 asistencias acumuladas durante cuatro jornadas: 57.000 personas el miércoles, otras 57.000 el jueves, 53.000 el viernes y 48.000 el sábado. Musicalmente, la edición dejó conciertos extraordinarios. Foo Fighters demostraron que siguen siendo gigantes; Moby convirtió el recinto en una pista de baile; Pixies y Kings of Leon defendieron su historia; A Perfect Circle e Interpol rozaron la perfección; Nick Cave trascendió el formato festival; David Byrne hizo teatro con el pop y Pulp encontró el cierre ideal. El recinto mejoró en algunos aspectos. Las carpas pequeñas eran más amplias, el escenario principal ofrecía una visibilidad excelente y hubo conciertos que sonaron de manera impecable. Pero la eliminación de un gran escenario generó zonas demasiado comprimidas, el viento siguió perjudicando el sonido en la parte trasera y hubo una notable contaminación acústica entre los dos escenarios principales. Además, volvió a aparecer un problema recurrente en todas las ediciones: la movilidad exterior sigue siendo la asignatura que nadie termina de resolver.

La relación con Getafe necesita algo más que reproches. Los vecinos tienen derecho al descanso y a entrar en sus casas. El público necesita rutas claras, transporte suficiente y alternativas reales para quienes no pueden caminar distancias enormes. Cerrar un aparcamiento sin crear otra solución puede trasladar el problema de una calle a la siguiente, pero no hacerlo desaparecer. También queda pendiente el trato que muchas bandas y sus equipos dispensan a la prensa y, especialmente, a los reporteros gráficos. Aunque el festival no sea siempre quien impone esas restricciones, una cita que aspira a ser una referencia internacional debería defender que las fotografías propias, las miradas diferentes y las coberturas independientes forman parte de su memoria. Limitar esa pluralidad puede resultar cómodo a corto plazo, pero termina dejando un relato más pobre.

Nos vamos de Mad Cool 2026 con varios conciertos grabados en la cabeza y con la sensación de haber asistido a una edición musicalmente poderosa. También nos vamos cansados, sin nuestras propias fotografías y preguntándonos si volveremos.

La música, una vez más, compensó casi todo. El problema está en ese “casi”.